Amar a los animales

“Van a sacrificar 236 perros en la perrera del Pilar. Al menos 60 de ellos son cachorros. Si saben de alguien a quien le interese, pasen la voz”.

 

Esto leí hace unos días en una página de Facebook. Inmediatamente me imagino a mí misma con un cachorrito al que me daría tanto gusto amar. Sin embargo, si pienso unos segundos más: todo lo que tendré que hacer y mover para poder tener a ese animalito cómodo y con una vida digna, poco a poco me voy arrepintiendo de ir a buscarlo.

Porque además está el hecho de que ya tengo dos gatos en la casa, que seguramente resentirían el cambio. La casa en sí misma, aunque vivo aquí, no es mía; no sé cuánto tiempo viviré aquí y no sé adónde me mudaré. ¿Qué pasaría después si no puedo brindarles el espacio que necesitan?

¡Pero van a sacrificar a 236 perritos!

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Despertar en la Ciudad de México

Soy la luna menguante

cuando un cachorro negro

lame sus heridas.

El faro de auto que dobla la calle.

Mi amigo de sombrero que camina a paso tierno por la acera;

una hoja de papel que se eleva, gira, danza con el viento.

En la radio una canción que suena a todo volumen.

Y en la esquina, la mujer que espera

el camión que la lleva a su trabajo.

El bostezo del joven que madruga.

Una televisión prendida, sin espectadores,

anuncia las noticias para nadie.

Afuera, un árbol que crece aprisionado en la jardinera

en franca competencia con el poste de luz.

En la siguiente calle, un campo de juego vacío,

que sabe a polvo.

Y en la barda, la imagen de la Virgen

orando por sus hijos.

Soy lo de más atrás también;

un cerro que se recupera

del incendio sufrido a medianoche.

En el cielo, la luz roja que parpadea y se acerca,

y la otra que se aleja.

Acá en el suelo, un balde de agua que se derrama

para limpiar la banqueta.

Y las aves matutinas que van de un árbol a otro,

hasta encontrar el mejor refugio.

Soy quien dice a la vieja armonía: detente.

Soy quien dice al nuevo caos:

mantente en movimiento.

Estoy tan cerca de ti,

en el sonido que usas para despertarte,

para correr por las mañanas en el parque.

En la cara que llevas al trabajo

y en los ojos hinchados de alguien

por los golpes o el llanto.

Las nubes que de rosa tornan a amarillo,

después toman el gris y al final son blancas;

el sol que apenas sale tras del valle.

Déjame decirte que Eso Soy Yo.

 

Créditos de la imagen: Vista del amanecer desde la Ciudad de México, 2013.