Amar a los animales

“Van a sacrificar 236 perros en la perrera del Pilar. Al menos 60 de ellos son cachorros. Si saben de alguien a quien le interese, pasen la voz”.

 

Esto leí hace unos días en una página de Facebook. Inmediatamente me imagino a mí misma con un cachorrito al que me daría tanto gusto amar. Sin embargo, si pienso unos segundos más: todo lo que tendré que hacer y mover para poder tener a ese animalito cómodo y con una vida digna, poco a poco me voy arrepintiendo de ir a buscarlo.

Porque además está el hecho de que ya tengo dos gatos en la casa, que seguramente resentirían el cambio. La casa en sí misma, aunque vivo aquí, no es mía; no sé cuánto tiempo viviré aquí y no sé adónde me mudaré. ¿Qué pasaría después si no puedo brindarles el espacio que necesitan?

¡Pero van a sacrificar a 236 perritos!

¿No sería mejor que uno viviera, aunque fuera “un poco apretado” a que murieran 236?

No lo sé. No sé qué es mejor. Hasta hace unos meses, tenía a mi gato W. que nació con Leucemia felina. Si no lo hubiésemos encontrado en la verdulería y después adoptado, quizá hubiera muerto al medio año. En cambio, con nosotros vivió un año más; sin embargo, sus últimos días los pasó muy mal y fui testigo de ello. De hecho, puedo decir que los últimos meses los pasó muy mal. En julio tuve que salir de la casa por dos semanas. Mi gatito estuvo conviviendo con sus cuidadores; personas de toda mi confianza pero extraños para él. El gato fue sometido a estrés, seguramente durmió vigilante, como suelen hacerlo los gatos y seguramente durmió en el suelo, escondido debajo de la cama y no estirado sobre ella, como le gustaba cuando estaba conmigo.

Una de las noches de esas dos semanas, regresé a mi casa para arreglar un asunto. Estaba tan cansada que ni siquiera atendí al gato. No me fijé dónde dormía, si estaba comiendo, si estaba bien. Cuando finalmente terminaron las dos semanas y regresé a casa definitivamente, mi gato ya estaba muy enfermo. Había bajado de peso y su salud había decaído considerablemente. A veces pienso que mi gato “se dejó morir” porque sintió, allá en la región límbica de su cerebro, que lo había abandonado, que ya no lo quería.

Todo lo contrario, pues pasé por una angustia terrible al verlo sufrir. Lo llevamos con diferentes doctores y le administramos diversos tratamientos. Nada se pudo hacer. El 12 de septiembre mi gatito murió. Al final, no pude evitar el sufrimiento de mi gato. Y yo qué sé si hubiese tenido una vida más feliz en las calles, sin apego por ningún ser humano.

Hasta dónde llega nuestro egocentrismo que la vida de los animales depende, en gran medida, de que nosotros, los humanos, los alimentemos, los saquemos a pasear o aseemos el espacio donde viven. Incluso los animales salvajes también dependen de nosotros. Su vida está ligada a nuestro paso por su hábitat, a la contaminación que nosotros ocasionamos y los ecosistemas que destruimos. En ningún caso podemos evitar el sufrimiento de los animales. ¿Qué diferencia hay entonces entre la muerte repentina de 236 perros y sus muertes paulatinas, ocasionadas todas ellas por nosotros?

En la película Hagen y yo (White God) parte de la historia central consiste en que los perros de un refugio se apoderan del pequeño pueblo; cometen actos vandálicos y se vengan de los seres humanos que los lastimaron. Ahora mismo no me acuerdo de la conclusión del filme; pero estaría bien que los perros, y los animales domésticos en general, dieran una lección a los humanos, nos infligieran el mismo sufrimiento al que los sometemos, nos convirtieran en sus esclavos emocionales.

¿Qué merece entonces un animal doméstico?, ¿cuál es la vida digna para un perro, un gato, un perico, una iguana, una tortuga, un pez? ¿Será acaso estar encerrado en nuestras peceras, en nuestras jaulas, en nuestras paredes? Además, pienso ¿de dónde salieron esos 236 perros? Seguramente un buen porcentaje de ellos alguna vez tuvieron un hogar y después fueron abandonados. Así que, una vez más, ni podemos evitar el sufrimiento de los animales y, seguramente, somos causantes de gran parte de él.

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