Amor profundo

Hace un año, quizá un poco menos, estuve preparando una serie de poemas para mandarlos a un concurso, en realidad a dos. Preparando no quiere decir escribiendo, sino repasando, corrigiendo, tratando de hacer inteligibles aquellas palabras. Los pobres poemas no consiguieron nada en los concursos, pero eso no es lo que quiero contarles.

El caso es que estaba yo con los poemas y justo en esos días adquirí un extraño padecimiento en las encías. Eran como una especie de aftas que nacían en las encías, a la altura de los dientes caninos. Digo “una especie de aftas” porque no eran aftas, era algo peor, eran una cosa horrible y dolorosa. Implicaba un suplicio lavarse los dientes, comer o tomar una rica taza de café caliente; esto era lo que más padecía. Estaba tan ocupada con el trabajo que aplacé la visita al dentista durante dos semanas. Los remedios caseros y el lavado constante con productos del botiquín no aportaban alguna mejora; al contrario, cada día sentía y veía como esas heridas se agrandaban. Tenía miedo de perder mis dientes, de tener alguna infección, de no encontrar una solución a esta enfermedad que terriblemente consumía mis encías.

Mientras los días pasaban, me di cuenta de que este alboroto era, más que de salud, existencial, y que se debía a que estaba poniendo mi atención en algo que realmente me interesaba: la poesía.


Se preguntarán: ¿cómo es posible, si los poemas los escribes con las manos?, ¿qué tiene que ver la mano con la boca? Tiene mucho, mucho que ver. Seguro ya lo saben. La poesía es una expresión del interior, como toda literatura. La manera natural de expresarte, si eres humano, es por medio de la palabra, que sale por la boca.

Mi mente que gusta de relacionar cosas analógicamente, de alguna manera interpretó que me estaba infligiendo un castigo por escribir poesía, por expresarme, por hablar, con estas heridas dolorosísimas y feas de ver. Obviamente, no tengo una comprobación científica para esto, pero tampoco es necesaria.

Cuando por fin acudí con el dentista, me revisó, obtuvo placas, muestras, etc. Su diagnóstico: no tienes ninguna infección, seguramente es por estrés. Me pregunto yo qué tipo de estrés es el que abrasa varios milímetros de mi encía que no volverán jamás. En efecto, desde ese entonces mis caninos no es que crecieran, sino que tengo las encías más pequeñas y una sonrisa que quiere parecerse a la de Drácula.

Al terminar el asunto de los poemas, también sanaron mis encías. No he vuelto a tener problemas con las aftas ni alguna otra infección bucal.

Esta manera de provocarse dolor, de herirse a uno mismo, como en este caso: con estrés que desencadena otros padecimientos, es una de las muestras de fidelidad a nuestro fracaso, a nuestra “zona de confort” (como la llaman algunos) o a nuestra buena conciencia, como la llamamos los que estudiamos psicología con el enfoque de Hellinger.

Para mi familia de origen (mi madre, mi padre y sus respectivos padres), el acto de hablar, de expresar lo que uno siente, lo que uno piensa en realidad, es peligroso; te puede acarrear, si bien te va, la burla de tus mayores o un regaño, lo peor, una golpiza propinada por tu padre, por tu marido. Ser escritor, poeta: eso ni pensarlo. En esta familia pocos ha terminado siquiera la secundaria, contados son los que tienen una profesión; además, con la vida bohemia y relajada de los escritores seguro acabas en la perdición, en la muerte, así como muchos de esta familia han terminado: muertos.

Solo estoy reproduciendo los mandatos de mi familia, una parte del guion que no se dice, pero se sabe y se ejecuta al pie de la letra.

¿Ustedes creen que yo podría romper estos mandatos? Quizá sí. Quizá mi vida se trata de romper estos mandatos; pero otra parte de mí, que todavía quiere pertenecer a esa familia, a ese sistema, me decía: detente, antes de que acabe con tu encía, de que te tire los dientes y que ya no puedas ni hablar, para que no andes de poeta.

Después de sanar mis encías, yo seguí mi vida, escribiendo esporádicamente por aquí y por allá (en mis cuadernos, obviamente), inventándome proyectos. Pero el problema no se ha superado por completo y lo veo ahora con otro personaje del acto de la escritura: la mano.

Acostumbro escribir mis textos a mano y después pasarlos a la computadora. Acumulo hojas y hojas escritas a mano todos los días. Si no tienes una buena técnica para escribir a mano, te cansas, te duele el brazo y a veces los dedos. Esto es hasta cierto punto normal. Pero yo tengo una mala costumbre que es quitarme los pellejitos de las falanges, los que comúnmente conocemos como “padrastros”. Resulta que a mí me salen muchos en el dedo pulgar de la mano derecha, con la que escribo. Los voy quitando uno a uno, llega el momento en que se ha borrado la mitad de mi huella digital. El aspecto del dedo es tan desagradable como el que tenían mis encías. Muchas veces resulta doloroso tomar la pluma y escribir. Me las ingenio para agarrar la pluma de otro modo pero me salen callos. Es como un círculo vicioso cuya finalidad es que no tome la pluma, que no escriba. Bien podría obedecer a este mandato, pero no. Me aguanto el dolor, la incomodidad y sigo escribiendo.

Esto es amor. Un profundo amor al sistema familiar, a sus mandatos. Es decirles a esos miembros ancestrales de mi familia: haré lo que quiero (escribir) pero no renunciaré al peligro que me han advertido que esto implica, lo recordaré lastimándome físicamente y si se puede evidentemente: escribiendo mal, no participando en nada que me ayude a mejorar como escritora, no difundiendo mi trabajo. Así podré ser fiel a ustedes y ser fiel a mí, permanecer aún como dentro de la buena conciencia.

NO.

Es necesario romper esta dualidad entre mi deseo y los mandatos de la familia. Entre la buena conciencia y mi crecimiento personal. Aquella vez de las aftas, pedí permiso interiormente a una de mis abuelas para que me dejara escribir, usé como pseudónimo su nombre. Pero veo que no es suficiente. Si encuentro la manera de salir de esta, lo compartiré en otra ocasión.

 

 

Créditos de la imagen:

A Girl Writing; The Pet Goldfinch
Browne, Henrietteca. 1870 (painted) – 1874

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