Un mal padre

Ya he escrito sobre las mujeres, creo que ahora toca turno de hablar sobre los hombres. Les contaré la historia de un mal padre.

En mi familia, como en muchas otras mexicanas, ocurre que la pareja de la mamá no es el padre biológico de los hijos. Esto se ha repetido por generaciones, pero a quien ahora me refiero es el esposo de mi abuela. Él se llamaba Juan. Y es a quien le debo el apellido Zúñiga.
Como también suele pasar, mi abuela y sus hijos guardan una serie de imágenes y recuerdos de Juan Zúñiga muy diferentes de las mías. Para mí Juan Zúñiga representa la generosidad y el amor desinteresado pues qué hombre se atreve a tomar como esposa a una mujer ya con una hija y regalarle a esta su apellido, darle un lugar en su familia, quererla como si realmente fuera suya. En mi familia podemos contar varios.
Para fortuna de mi mamá, tuvo un padrastro que no se comportaba como tal. Para Juan, mi madre era “su hija” más grande, la primera, por ello se encargó de brindarle educación, de celebrarle las fiestas y de protegerla de una manera totalmente entregada y con más cuidado del que puso en sus hijos biológicos, quienes recuerdan a Juan como un padre más bien ausente.

Para mí, su primera “nieta”, Juan fue una de las figuras principales de mi infancia quien, a la postre y desde lejos, ayudaría a formarme para lo que ahora mismo soy: lectora y escritora.
Cuando era niña Juan me llevaba de paseo a los parques, me compraba un atole y un tamal, costumbre que aún conservo para esas mañanas frías que salgo aprisa. Desde muy pequeña, me hacía acompañarlo a los gimnasios donde entrenaba boxeadores amateurs de una de las zonas más peligrosas de la Ciudad de México. Sin proponérselo, Juan encaminaba la vida de muchos jóvenes que podían encontrar en el coach la guía inexistente del hogar. En cambio, para sus propios hijos Juan no podía cumplir ese papel amoroso y protector. No pretendo explicarme por qué era así, no me lo pregunto. A la distancia lo observo como el hombre simple y complejo que era. Un ser humano generoso pero con limitaciones afectivas con su propia estirpe.
Juan era de complexión delgada. A primera vista no parecía entrenador de box, sino que daba la apariencia de ser un hombre meditabundo. Lo encontré muchas veces sentado en la mesa de la cocina, leyendo el periódico o un libro, fumando delicados sin filtro mientras se tomaba su café. Una foto muy común de un hombre mexicano de mitad del siglo XX; sin embargo, esta imagen cotidiana de Juan fue la que marcó mi vida para siempre. Surgió en mí la curiosidad por lo que hacía Juan, por qué se entretenía tanto en esos libros y periódicos que eran más importantes que una plática con sus propios hijos.
Una tarde vi a Juan recostado en su cama, leyendo. En su habitación también había dos pequeños libreros con no más de 60 libros, entre ellos: La Biblia, La Eneada, El laberinto de la soledad, un puñado de novelas de detectives, libros en inglés y hasta La picardía mexicana ; todos ellos adornaban las dos vitrinas. Le pregunté a Juan -papá Juan, como le decíamos- si me prestaba un libro. Me contestó que tomara el que quisiera y que lo leyera, que no fuera una ignorante como sus hijos. Así empezó mi recorrido por aquellos 60 libros. Algunos me los podía llevar a mi casa pero prefería leerlos ahí mismo, en la recámara de papá Juan, porque nadie pasaba por ahí, nadie iba a interrumpirlo. Era su lugar en donde nadie lo buscaba.

Antes de que yo comenzara mi educación secundaria, Juan Zúñiga murió de un paro cardiaco que lo tomó por sorpresa una mañana de octubre, recostado sobre su cama. Nadie lo vio morir. Una de las nietas (biológicas) lo encontró en su recámara unos minutos después del suceso y todo lo demás ocurrió como tenía que ocurrir. En el funeral todos los hijos lloraban. Por un instante olvidaron lo mal padre que aparentemente fue. En el sepelio había muchos jóvenes desconsolados: los boxeadores amateur que entrenó durante años. Habían perdido a su padre. Mi mamá también.

Durante el funeral no podía creer que Juan había muerto. Era como una broma pesada y seguro que pronto aparecería por allí. Entraría por la puerta de la casa a espantar a todos en el velorio. Antes de partir al sepelio se hizo una fila en el ataúd para despedirse de Juan. Yo también me formé. Cuando pasé, lo vi ahí, delgado como siempre, muy pálido, casi verde y con la boca medio abierta. Hasta ese momento supe que Juan había muerto y que no volvería a platicar con él, ni le podría preguntar tantas dudas que tenía sobre los libros que me había prestado. Ese día perdí al único abuelo que conocía.

Además de las dos vitrinas donde Juan almacenaba sus libros, existía una más donde guardaba sus pertenencias bajo llave. Hubo que romper el cristal para revisar el contenido. Los hijos esperaban encontrar el testamento o la herencia de Juan, pero él no tenía ahorros. Era mentira que tenía centenarios en la caja de Romeos y Julietas, como a veces alardeaba. Ni siquiera estaban en orden las escrituras de la casa, a nombre aún del antiguo propietario. Así que una vez más Juan decepcionó a sus hijos, fue un mal padre. Quizá por eso no visitan su tumba. La única que la limpia y siembra flores -donde los hijos dijeron que pondrían una lápida- es mi madre.

Lo único que dejó Juan fueron esos dos muebles llenos de libros que ninguno de sus hijos reclamó y de los que me apoderé cuando pregunté a mi abuelita si podía tomar los libros de inglés de papá Juan, para mis clases en la secundaria. Llévatelos todos, contestó.

Fue así como continué con la lectura de La Eneada, El laberinto de la soledad y Dichos y refranes de la picardía mexicana. Gracias a Juan Zúñiga, un mal padre, no soy una ignorante. No soy una ignorante de la generosidad y el amor del que es capaz un hombre.

Amar a las mujeres escritoras (parte II)

Ser mujer y escritora, aquí en México, supone un doble reto. Además del reto que en sí mismo es publicar o dar a conocer tu obra, tienes que sortear los prejuicios en los que cae la literatura escrita por mujeres, cuidar de que en el currículum no resalte alguna relación con los hombres reconocidos y, finalmente, entrar en el canon para ser más o menos tomada en cuenta.

Hace algunas semanas, mientras recordaba mujeres escritoras reconocidas del siglo XX, en mi mente aparecía la imagen de Nellie Campobello o Rosario Castellanos y me preguntaba si en este siglo habrá escritoras que se acerquen a este nivel. Así me di cuenta de que yo misma hago demandas a las escritoras, quiero que sean excepcionales, que sean grandes, que encajen en lo que para mí debería de ser la buena literatura. Estoy aplicando una especie de micromachismo, en donde pongo una vara a la escritura hecha por mujeres para que estén a la altura de un estándar del siglo pasado, que seguramente formó el patriarcado.

Este mismo nivel de exigencia aplicamos a las mujeres en otros ámbitos. Si escriben sobre un tema polémico, si levantan la voz para exigir respeto o si denuncian ante la ley alguna injusticia, las miradas y los dedos índices se dirigen hacia ellas. Aunque hay quien apoya sus causas, se nota más cuando la crítica tiene el objetivo de desacreditar sus acciones. ¿Ejemplos? Puedo citar más de uno reciente: la crítica a Valeria Luiselli por su columna en El País donde expresa su postura ante el feminismo; las ofensas que recibió la bloguera conocida como Plaqueta por denunciar el acoso callejero; otro caso, menos conocido, es el que nos deja saber la escritora Rowena Bali en su emisión radiofónica, sobre la crítica machista y desinformada de su obra. Estos son algunos de los innumerables casos que podemos ver todos los días circulando en la red, espacio donde ahora se desenvuelve la opinión pública dominante.

No me lavo las manos, yo misma he lanzado mis prejuicios y condicionamientos sociales hacia las mujeres. Ni siquiera nosotras somos libres del hábito cultural de menospreciar lo que hacemos.

Por esta razón, más que pedir a las mujeres que se comporten, piensen o escriban de alguna manera, para estar a la altura de una situación o de un canon, prefiero cambiar mi propia postura, prefiero comenzar a mirar lo que hacen las mujeres con nuevos ojos.

Rowena Bali, en uno de sus comentarios radiofónicos, dice que (casi) no guarda esperanza de que el machismo deje de existir en los círculos culturales o literarios. Pienso lo mismo, aún hace falta tiempo, la muerte física e ideológica de las generaciones patriarcales, para que a la mujer se le mire por solo por sus obras y no en comparación con los estándares oficialistas.

Sin embargo, mientras esto ocurre, las mujeres (y los hombres que quieran acompañarnos) necesitamos adelantar un poco el trabajo. Antes de criticar negativamente a la escritura femenina, señalar sus desaciertos y pedirle que sea excepcional, aplaudiré que una mujer escriba, que una mujer exprese su opinión sobre cualquier tema, que una mujer sea capaz de interpretar la vida del modo que su contexto se lo permita y expresarlo en el arte. Me alegraré de que una mujer escritora publiqué, de que obtenga un reconocimiento, de que aparezca en una sección o programa cultural. Festejaré aún más si cada vez es una mujer diferente, si puedo conocer cada vez a más escritoras, más artistas, más creadoras.

Además, también apoyaré que una mujer exija el respeto debido a su cuerpo y a su integridad, que busque resarcir un agravio mediante la vía legal y la que sea éticamente posible.

Es necesario que yo, como mujer, comience a generar esta mirada amorosa hacia las mujeres, esta mirada imparcial y abierta al asombro. La misma mirada que dirijo a las obras de los hombres.

Recomiendo

Escuchar Cultura Urbana, programa de radio en línea en donde Rowena Bali y Juan José Reyes nos comparten reseñas, entrevistas y reflexiones sobre la cultura (sobre todo literaria) de la Ciudad de México. Gracias a esta emisión he ampliado mis horizontes sobre las escritoras mexicanas.

Amar a las mujeres escritoras (parte I)

Desde hace algunas semanas he querido compartir algunas ideas sobre las mujeres escritoras mexicanas, no sobre unas cuantas con nombres y apellidos, sino sobre el oficio de escribir para las mujeres aquí en México. Tenía la intención de decir que me he dado cuenta de que algunas escritoras son privilegiadas por los censores culturales. Algunas mujeres escritoras son mencionadas constantemente en casi todos los suplementos culturales, en las noticias sobre estos temas, son llamadas para los festivales, las presentaciones, se les otorgan reconocimientos. Casi siempre son las mismas. De hecho, en mi imaginario son casi figuras icónicas, como Elena Poniatowska, cuyo rostro y nombre representan lo que es una “mujer escritora”. Aparece en carteles de eventos literarios, en magazines de librerías y en revistas de socialité. Esto me hace pensar ¿realmente solo tenemos estas escritoras, las de siempre? La verdad es que no tengo un censo a la mano, pero el estado de la cuestión me hace inferir que, dadas las condiciones socioculturales del país, por cada dos hombres escritores hay una mujer escritora. Me atrevo a decir, incluso, que por cada 5 hombres que publican una sola mujer lo hace.

¿De dónde obtengo estos datos? Como digo, por la inferencia de lo que observo en los medios de difusión cultural. Últimamente me he encontrado con conferencias, mesas de lectura y publicaciones en las que aproximadamente el 80% de los participantes son hombres. Por ejemplo, hace poco en la sección de opinión de la publicación Máspormás, me encontré con 9 columnas de hombres y dos de mujeres. Una de ellas Lydia Cacho, ampliamente reconocida, figura icónica.

Me pregunto nuevamente, ¿dónde están las (demás) mujeres escritoras?, ¿será acaso que no las hay, que no se atreven a serlo?, ¿será que la calidad de sus creaciones no alcanza el nivel de “publicable”?, ¿por qué no hay más mujeres, diferentes mujeres, apareciendo en estos suplementos culturales?

Sinceramente, creo que el problema no estriba en la calidad o cantidad de la escritura hecha por mujeres, sino en el poder de las cúpulas culturales, tomadas por hombres.

Ojo. No quiero decir que los hombres den preferencia de facto a sus congéneres y rechacen o excluyan automáticamente a las mujeres que escriben (aunque quizá es así). Creo que el asunto radica en que los hombres han vivido por siglos, por generaciones en la desigualdad de género, que actúan fieles a esa tradición y aunque en ellos germine la conciencia social y de equidad, no pueden practicarla conscientemente en sus vidas.

Quiero pensar que es por esta razón (no por misoginia) que los editores, directores de revistas, jueces de concursos y consejos de festivales culturales, al elegir quién aparecerá en próximas emisiones, primero escogen a sus amigos, a los que consideran buenos escritores y a las revelaciones (todos ellos hombres). Ah, y quizá, al final, si queda espacio, invitan a dos o tres mujeres (de las que se acuerdan) para que no se vea tan disparejo.

 

Invento, pero no tanto

Tobi y compañía

Cuando preguntas sobre mujeres escritoras te contestan algo como esto.

En la página 13 del documento se puede ver que en 2005 había 70% (aprox.) periodistas hombres y 30% (aprox.) mujeres.

Este autor piensa que las mujeres (y los hombres) deberían preocuparse menos por las quincenas y más por escribir. ¿Qué opinan?

Y aquí podemos ver cómo Elena Poniatowska es incluida hasta en lo que no forma parte (Literatura del Boom).

Imagen

Woman writing – Miyagawa Shunteilate 19th-early 20th century