Reconciliación

 

Reconciliación: volver a unir lo que antes se había separado. Reconciliar: tener un estado de tranquilidad y paz interior.

Relataré la breve historia de una mujer a quien ninguna palabra le hará justicia.

Desde joven, ella acostumbró enfrentarse a la vida con coraje, pero no en su acepción de valentía sino de violencia. Con todo su cuerpo se lanzaba para conseguir sus objetivos. Sin importarle sobre quién pasaba: sobre otra mujer, sobre sus hijos, sobre sus hermanos, sobre su madre.

Cada día era una afrenta que ganar: una nueva calle, un hombre, un negocio, a punta de violencia. Si alguno osaba poner un dedo encima de lo que consideraba suyo se convertía en adversario, tenía que pagar con cuerpo y sangre. Si algo deseaba, ella lo debía poseer, era la dueña legítima del mundo que imaginaba, por muy limitado que este fuera.

Así se condujo. En sus últimos años había dejado tanta destrucción a su paso que no cabían palabras de reconciliación en su vocabulario.

Su furia era producto de una cuenta no saldada desde la infancia; una verdad no dicha, la verdad sobre su nacimiento. Su madre nunca aclaró la identidad de su padre. No tenía permiso de arrojarse a los brazos de la ternura y la fortaleza que brinda el abrazo del progenitor; no tenía permitido saber si el hombre que buscaba desde niña estaba cerca o lejos, presente o ausente de su vida. Así que llamaba “papá” a varios hombres solo para ver si en alguna ocasión atinaba, si con la palabra insuflaba la esencia y atraía el amor tan deseado.

Un día se tatuó un león blanco en la espalda, entre la nuca y el omóplato, coronado de flores, ahí era donde dolía el padre.

Desconocer su origen, a la postre creó en su corazón resentimiento por cualquiera que le ocultara o le negara algo. En el mundo proyectaba la batalla persistente en su corazón: su madre ocultando y su padre queriendo manifestarse. Ahí tampoco podía reconciliarlos. No había paz.

Tampoco afuera obtuvo la reconciliación: se enemistó con sus hermanos, despreciaba a su madre, rechazaba a sus hijos, a su pareja.

No podía perdonar. Necesitaba mantenerse por encima del otro y así evitar el dolor del rechazo, la traición y la mentira. Aunque ella también había participado en las afrentas, se había difuminado la línea de la víctima y el perpetrador. ¿Acaso ella no había sido víctima de la privación del amor?, ¿ y acaso no también había inflingido dolor y perseguido a a los suyos?

No podía otorgar el favor del perdón para los demás ni mostrar esa debilidad para sí.

Se tatuó una rosa en la muñeca derecha, dulce y espinoso puño con el que una vez arrojó el coraje violento para golpear al universo y que, finalmente, regresó como búmeran a sus espaldas; en forma de bala le atravesó la nuca, subió por el cuello y salió por la mejilla.

El dolor, la angustia y la desesperanza que con incansable ahínco exiliaba de su vida, regresaban ahora para reconciliarse, unirse con ella en el último segundo de eternidad.

 

Imagen: http://designs.dubuddha.org/sketch-red-rose-watercolor/

 

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