Sugar, tender, lover

Este ensayo se divide en tres partes, comparto la primera.

Sugar

Mi bisabuela J. falleció a los setenta y dos años a causa de diabetes. Desde que tuve memoria, ella era ciega. Cuando iba a visitarla me pedía que me acercara, con sus manos me tocaba el rostro, me apretaba los cachetes y preguntaba cómo iba mi pelo. Recorría la larga trenza que usaba en aquella época y decía cómo has crecido, te cortaste el cabello, ¿sigues teniendo ricitos de oro?

Mi bisabuela permanencia sentada en la sala de su casa y nos seguía preguntando al mismo tiempo que regañaba mi madre por haberse ido de lejos y también se quejaba de sus hijas, unas mujeres de más de 30 años que habían hecho esto y habían dejado de hacer aquello. Su voz, según la recuerdo, era de una tonalidad como siempre con ganas de llorar, a punto de quebrarse; todo lo que decía mi bisabuela me parecía una letanía muy triste, un lamento acumulado desde mucho antes. Pensaba, en mi razonamiento de niña de siete años, que todas las viejecitas eran así, señoras de setenta que sufren y se lamentan, que no se valen por sí mismas porque están ciegas, porque no tienen dientes y están enfermas. Poco tiempo después mi bisabuela también perdió su pierna a causa de la diabetes. En mi concepción, entonces, las mujeres viejas también eran incapacitadas.

Años después fue sometida a una operación de cataratas y recuperó la vista, ahora usaba lentes y podía ver. Por fin me conoció. Cuando la visitaba ya no me tocaba, solo me miraba por largo rato. También había recuperado algo de su fuerza; a pesar de no tener una pierna hacía las tres comidas para los varios integrantes de su familia y lavaba todos los trastes resultantes en su cocina integral. También había accedido a usar una dentadura postiza. Estaba como regresando a la vida poco a poco, así como en años previos parecía que se estaba yendo; sin embargo, en su último año de vida, apenas comenzando este siglo, la recaídas fueron constantes. Fue internada en el hospital en múltiples ocasiones, sus siete hijos se encargaban de cuidarla en el turno en la noche, en el día, los fines de semana. Siempre hemos sido una familia de bajos recursos (a pesar de los sentimientos contrarios de algunos integrantes), entonces, el hospital era público, los hijos tenían que trabajar y a la vez atender a su madre. Hijos e hijas entre las que se encontraba mi abuela, que era la mayor y la que nunca se iba. Mi abuela siempre estaba ahí a pesar de tener otra responsabilidades en su casa y con sus propios hijos, para ella lo más importante era su madre. Todos los hijos e hijas cuidaron diligentemente a la madre hasta su último día. No puedo decir que J. murió rodeada de sus hijos, tomada de su mano porque  en un hospital público sólo puede pasar una persona a la visita, pero sus hijos estaban afuera, pendientes de su madre, atentos al movimiento del alma de su madre que finalmente expiró.

El día que falleció mi bisabuela, ¿dónde estaba mi abuela? Quizá, como dije, esperando afuera del hospital, el último aliento de su madre. Cuando mi bisabuela falleció, a la edad de setenta y dos años, su hija, mi abuela, tenía cincuenta y tres. En aquella época, ambas edades me parecían de gente muy mayor.

Diez años antes, a inicios de la década de los 90, a mi abuela se le había diagnosticado diabetes, disparada, según ella y la tradición popular, por un susto.

El desaguisado de ese entonces fue el ingreso de su hijo menor al reclusorio, por un delito menor pero como incluyó la muerte de su compañero y altercados con los policías, culminó en una sentencia de ocho años, agravada por el comportamiento al interior del penal.

Hay varios tipos de madres: las hay abnegadas o las que deciden entregar a su destino a sus hijos. Mi abuela era de las primeras, así que nunca abandonó a su suerte al hijo; por el contrario, le proveía para que su estancia en el penal fuera menos dolorosa. En la incondicionalidad de su amor, todo lo daba sin pedir nada, incluso sin esperar que el hijo aprendiera algún tipo de lección o se recuperara de las conductas antisociales. No obstante, la energía invertida en el bienestar no sólo de este hijo sino también de los restantes, la enfermedad de la madre y las combinaciones posibles resultantes de estos elementos, aniquilaban el tiempo que mi abuela podría haber dedicado al mantenimiento de su propio cuerpo; a pesar de haber sido diagnosticada con diabetes a la edad de cuarenta años, de tener la posibilidad económica de acudir al médico, de recibir y procesar el conocimiento de una dieta sana y de haber presenciado con otros familiares las consecuencias de la diabetes, decidió no tomar ningún tipo de precaución. Nunca cambió su dieta, los medicamentos prescritos eran consumidos a deshoras, constantemente tenía episodios de desestabilización. Hacia el final de sus días pasaba largos periodos de ayuno, letales para una persona con diabetes. Ella no existía para sí misma sino solo en relación con los otros; comía cuando estaba acompañada de sus hijos, tomaba la medicina solo cuando alguien más la supervisaba, contestaba sólo a los impulsos que recibía del exterior pero de ella, de sus de sus necesidades, sus deseos, sus afectos, ¿quién sabía?.

Ahora, pasado un tiempo de la muerte de mi abuela, aún me pregunto, y ya nadie podrá responderme, ¿cuál era su comida preferida?; si no hubiese sido ama de casa, ¿qué más le habría gustado ser?; ¿se sintió acompañada en los momentos de dolor, en la muerte de sus padres, o en ese aborto que tuvo hace años? Todas esas en interrogantes ya no las podré resolver pero reconozco en ella el hermetismo heredado a sus hijos y nietos. Entre nosotros, de nosotros, tampoco sabemos mucho.

Dos peticiones nos hizo saber mi abuela, su última voluntad. La primera: no quería que le hicieran diálisis, pues había presenciado el sufrimiento de su madre y relacionaba este procedimiento con la muerte; la segunda: no quería ser sepultada en la misma tumba que su esposo con quien nunca había conocido la paz en vida y seguramente tampoco en la muerte, imaginaba. Abuela, tu primera última voluntad no pudimos respetarla; nosotros queríamos tenerte un poco más, por lo menos despedirnos bien, por eso pedimos que te intervinieran con la diálisis cuando quedaste inconsciente, algunos días después despertaste. Aunque no podías expresar tu descontento por no haber respetado tu deseo, nosotros pudimos comunicarte que, a pesar de todas nuestras omisiones, estábamos ahí. Tu segunda última voluntad, abuela, sí logramos cumplirla, no estás junto ni con el abuelo, aunque cerca, esperamos sea la distancia prudente como para no molesta tanto como lo hizo en vida.

Mi abuela murió a los sesenta y ocho años, dos días después del Día de las Madres; yo me sentí aliviada y culpable cuando ella falleció. Aliviada, pues por fin mi abuela estaba descansando del destino tan duro que le había tocado vivir, liberada de la carga que representaba para ella su familia, sus hijos, sus nietos, hermanos y hermanas, que ninguno nosotros quiso encargarse de ella en sus últimos meses; esto derivó en el descuido, en el olvido y el abandono que la llevaron al hospital. Culpable, porque yo ya era una adulta; aunque era su nieta no me separaba nada de ella, había estado con ella desde antes de mi nacimiento, dentro de sus ovarios cuando ella era niña, desde ahí estaba mi vida en potencia y aún así tampoco pude brindar ningún cuidado útil, ninguna ayuda, ni siquiera me fue dado el poder presenciar el último aliento de mi abuela. La noche que falleció era mi turno para cuidarla en el hospital; me distraje unos segundos buscando papel higiénico para limpiar su rostro que exudaba copiosamente. Cuando llegué frente de su cama, esperando encontrarla consciente, la máquina que medía su supresión arterial, pulso cardiaco y frecuencia respiratoria, estaba en ceros. Corrí por ayuda pero no pudieron hacer nada. Mi abuela había fallecido sola en el intervalo de dos minutos acaso, mientras su hermana menor terminaba la visita, salió del hospital, me dio el pase para entrar, pregunté en la farmacia dentro del hospital si había papel higiénico, no vendemos papel sólo medicamentos, me anoté en el libro de visitas del segundo piso, veinte pasos para llegar a la camilla correspondiente y mi abuela ya no estaba, solo su cuerpo que seguía sudando ese líquido oloroso que indica la excesiva retención. Languidecía, había perdido el color moreno, ahora su semblante tenía un color entre verdoso y amarillo que no podía distinguir bien porque era tarde, el sol ya no alumbraba naturalmente el cuarto del hospital y aún no prendían las luces. Ese cuerpo ya no era mi abuela, era solo un cuerpo hinchado y mancillado de los brazos, en la garganta y a la altura de los riñones por todas las veces que lo habían intervenido con agujas y tubos para poder extraer lo que quedaba de mi abuela, retenerla un poco aunque nunca regresó por completo; aún así le di un beso en la frente y le dije unas últimas palabras, para mi consolación.

La siguiente persona en la línea de sucesión es La Caperuza, apodada así por su abuela, en alusión y correspondencia con la verdadera Caperucita a quien la madre de su madre le regala una capa roja para protegerla del viento y del frío del bosque. Me imagino a Cape, como después la llamamos todos, diminuta y delgada, portando una capa roja, yendo de un lado a otro con una bolsita de mandado en los ranchos a punto de despoblarse de Jerécuaro, Guanajuato. Cape, haciendo honor a su sobrenombre se quedó niña, no creció más allá de uno cuarenta metros de estatura. Tenía dificultad para encontrar calzado apropiado porque los del número dos, que es la talla más pequeña para dama, eran demasiado grandes para su pie. Se había quedado niña. De niña la trajeron a la Ciudad de México, junto con su hermana mayor y dos hermanos menores; acá en la Ciudad de México nacerían dos más a los que tendría que cuidar mientras su madre trabajaba lavando y planchando ropa de otras familias y su padre laboraba en la fábrica. Cape sí fue al escuela aunque ya no recuerda hasta qué año pues, aún siendo niña, tuvo también que trabajar para ayudar a mantener a los hermanos menores. Al igual que su madre, tomó el oficio de lavar, planchar y limpiar casas de otros. No vamos a decir que era su vocación, era lo que había en ese momento, lo que estaba a la mano, lo que tenía que hacer y lo ejecutaba con una diligencia silenciosa, con una precisión envidiable para cualquier profesional en estos rubros. No olvidaba ningún rincón del hogar, ninguna prenda de ropa, ningún traste. Era cumplida incluso con las obligaciones impuestas, por ejemplo, traer a la casa, cada domingo, bolsas de mandado repletas de víveres: leche, huevo, frijoles, arroz, también jabones de baño, papel higiénico y toallas sanitarias para todas las mujeres de la casa que iban creciendo y desarrollándose pero ella permanecía niña. Llegó la edad en la que correspondía casarse pero deseó continuar a lado de su madre, proveyendo lo necesario para los hermanitos. Por ahí había un muchacho que la buscaba. Su madre le pedía que siguiera el curso natural de la vida: naces, creces, trabajas y te casas, tienes a tus hijos, los creces y te mueres.

Cape no quería este destino para sí, quería seguir siendo niña, la pequeña de la casa, pero la fuerza del sistema es más potente y, a la postre, Cape tuvo que casarse con aquel muchacho insistente. Como le enseñaron, él sería su marido para toda la vida. Ahora llegaba el tiempo de tener a los hijos, aunque Cape no se apresuraba, prefería estar así, con una vida simple y sin más esfuerzo del que ya implicaba apoyar a su madre y mantener una casa con esposo: el propio aseo, la propia comida, las propias preocupaciones ya eran suficientes como para agregar otras. Una vez más el sistema familiar, el destino, pedía a Cape que siguiera el camino marcado, sin desviarse, sin saltarse pasos. Después de algunos años de casada y a una edad que para su época era poco común, se embarazó y de ese único embarazo no nació un bebé sino dos pequeñas cuya manutención, cuidado y educación, en efecto, resultaban para Cape una carga que ella, sin embargo, acostumbrada a ser cumplida y responsable, atendió con los mejores afectos. Cuidó con especial esmero a las niñas en sus primeros años y en su adolescencia. Todos los días se levantaba para llegar a tiempo a la escuela primaria, secundaria y preparatoria. Cuando las niñas abandonaron la escuela por el embarazo prematuro, las atendió nuevamente y se hizo cargo de los nietos. Siempre dio lo necesario y aunque, recuerden, ella prefería una vida de soledad, una vida simple y sin responsabilidades, aún así se hizo cargo de los ocho nietos que le dieron como ofrenda. Otras cargas sostuvo Cape a lo largo de su vida, otras penas, otras culpas. Al igual que su madre y su hermana restó tiempo para sí misma, no hubo espacio para tomar su camino, para su atención personal, para cuidar de su cuerpo de niña-mujer. Esa falta de atención, de amor y de alimentos para ella, pues tenía que repartir su fuerza, su tiempo y su comida entre los suyos, también la llevó a la diabetes.

Como su madre y su hermana, a los sesenta y cinco años Cape murió debido a las complicaciones de la diabetes; como su madre y su hermana, estaba acompañada de sus hijas y también, como ellas, fue víctima de las negligencias y el descuido de la familia. Los últimos años de Cape estuvieron marcados por la violencia intrafamiliar que padecía en manos de sus hijas. Quince días antes de su muerte había perdido una pierna, pero ya desde hace mucho las ganas de vivir. Cape, como muchos diabéticos, se entregó por entero a la muerte; primero le ofrendó su capacidad mental, después algunas partes de su cuerpo y al final todo su ser.

Así, mi familia es una familia de diabéticos por la línea materna. Mi bisabuela, mi abuela, abuelas, mis tíos, tienen diabetes.

Mi madre también tiene diabetes, yo tengo diabetes, mi hermana también, y sus hijos. No hemos sido diagnosticados, pero es verdad que llevamos la diabetes en la sangre, en los genes. Nuestro estilo de vida nos inclina a desarrollar la enfermedad. Una dieta alta en carbohidratos, vida sedentaria, nula educación alimenticia y falta de atención médica de calidad. Nuestro contexto nos encamina a la diabetes, debido también a facilidad con la que se consiguen comidas altas en azúcares y carbohidratos y, por otro lado, la dificultad, sobre todo económica, de encontrar alimentos de calidad.

Las costumbres familiares y culturales también nos conducen a la diabetes. Muchos tenemos el hábito de despertarnos para desayunar únicamente una taza de café con leche y pan, porque es fácil, porque no hay tiempo, nos justificamos; en el almuerzo, podemos elegir entre una variedad de comidas fáciles: tacos, tortas, gorditas, quesadillas y otros alimentos derivados del maíz y del trigo; aún si estamos en casa con más tiempo para cocinar, optamos por los carbohidratos: arroz, frijoles, papas, zanahorias, acompañados de tortillas o pan con un trocito de carne y unas pocas verduras. Para acompañar los alimentos elegimos agua de sabor con azúcar o una Coca-Cola; como  postre: fruta, galletas y otro pan. Esto me da como resultado una dieta conformada entre el 50 y 60 por ciento de carbohidratos y aunque todos los platos del buen comer señalan que son niveles adecuados para el consumo diario, es verdad también que la presencia de carbohidratos en la dieta está relacionada con el aumento de la glucosa en la sangre y esto, con la diabetes.

Durante casi todo el siglo XX, mi familia tuvo una cantidad limitada de alimentos porque mis ancestros eran pobres y eran muchos; sin embargo, el cambio de residencia del campo a la ciudad, les permitió aumentar sus ingresos y con ello, poder comprar más alimentos: más leche, más tortillas, más frijoles y más arroz, más carbohidratos y solo un poquito más carne, porque es costosa. En mi siglo, y gracia s a los esfuerzos de mis ancestros, conseguí lo que ellos tanto buscaron: no padecer más hambre; no obstante, continúo con estos hábitos: mucho pan, mucha fruta, mucha azúcar, y para compensar la escasez de antes: pasteles, helados, y otros deliciosos panecillos.

En la sangre, en los genes y en las costumbres estoy predestinada a padecer diabetes. Me inserto en las cifras de la epidemia que padece México, como muchos otros familiares, amigos y conocidos. Como casi el 50 % de los que padecen diabetes, no tomo ningún tipo de medida para retrasar o evitar las complicaciones.

Nos engañamos pensando que la muerte no nos alcanzará, que la vida está para disfrutarla, que es complicado cambiar de hábitos y que, si de momento no padezco sufrimiento, por qué habría de prevenirlo.

Pero regresan a mi mente las imágenes que viví de niña, cuando era inminente la muerte de mi bisabuela J., la mujer delgada, ciega y débil que siempre hablaba con voz entrecortada; la ansiedad de mi abuela que nunca podría tener cinco minutos para descansar mientras su cuerpo se llenaba de líquidos que se acumulaban en sus pies y le impedían caminar. Pienso también en la actitud silente de mi tía Caperuza que tuvo que aguantar el hambre, el coraje, la desesperación de la pobreza y la falta de libertad; dejar todo por la entrega a los otros.

Y mi desesperación, mi adicción a los carbohidratos, lo mal que me siento si no tengo en el paladar un sabor dulce o un pan crujiente para masticar. El hambre que siento a todas horas porque a mi cuerpo le falta combustible y el alivio momentáneo de un chocolate, una galleta o unas cucharadas de azúcar.

¿Acaso no es esto el sufrimiento?, ¿acaso no es estar más cerca de la muerte que de la vida?

Este ritmo de vida eventualmente me llevará, como a mi abuela, mi bisabuela y mi tía, a estar postrada en el sofá, muy cansada para moverme. Muy aletargada para pedir encontrar algo que me reconforte y quizá tenga mucho menos que sesenta y cinco años.

Recomiendo:

Calvillo, A. (18 de diciembre de 2018). AMLO, el neoliberalismo y la diabetes. En Sin Embargo. https://www.sinembargo.mx/18-12-2018/3512234

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