Sugar, tender, lover (3)

Lover

Dicen que no comía 

nomás se le iba en puro llorar…

Canción popular mexicana

La historia oficial cuenta que mi padre me amaba demasiado, quizá es evidente al ser yo su primogénita. Los recuerdos más lejanos de mi infancia incluyen a mi padre escribiéndome una carta, armándome un disfraz de robot con cajas de cartón o comprándome un helado. Después mi padre desapareció. La historia oficial reza que él quiso curarse, que quiso dejar el alcoholismo cuando ingresé al Kinder porque para él era penoso recogerme en la escuela y que no me dejaran salir con él en estado inconveniente. Decidió dejar el alcohol y meses después murió. Más adelante entendí que mi padre murió debido a la enfermedad hepática agravada que padecía desde muchos años antes.

Meses después del fallecimiento de mi padre, su madre, mi abuela, también dejó este mundo. Crecí con la idea de que había muerto por la avanzada edad pero, en verdad, 63 años no es avanzada edad en la actualidad. En el acta de defunción de mi abuela aparece como una de las causas de muerte «anorexia». Sacando conclusiones, porque no puedo confirmar con nadie esta información, entiendo que cayó en depresión y dejó de comer al punto de que esta carencia la llevó a la inanición y a la muerte. Esto me levó a pensar en la relación que he tenido con la comida, en la relación que tuvo mi padre con los alimentos.

Conozco a una persona que, así como mi abuela paterna, hace unos meses perdió a un familiar muy amado. El ciclo del duelo no ha logrado cerrarse, pues esta persona ha caído también en una depresión profunda. Se levanta de su cama pasado el mediodía, come poco o no come. «No tengo hambre», argumenta. Antes de su pérdida pesaba casi 100 k y ahora poco más de 50 k. Así como ella, mi padre argumentaba que «no tenía hambre» y por las mañanas solo tomaba alcohol o un café.

A mis 17 años, yo también podía pasar largos periodos de ayuno o comía muy poco. Estaba obsesionada con mi peso y con lo que me metía a la boca. No quería que hubiera nada más en mi organismo, solo lo estrictamente necesario. Nunca llegué a estar en los huesos porque otras preocupaciones me sacaron de esa dinámica. Otras mujeres de mi familia también han pasado por estos periodos de anorexia o bulimia. En fin, creo que muchas personas cercanas han padecido trastornos alimenticios, expresados en esa necesidad de comer y después pensar en lo que se ha comido con culpa, como si estuviera mal hacerlo. Pero qué placer mientras degustas los alimentos. Son como un abrazo. Y es que la comida está ligada al placer y al amor. 


Una vez que un bebé ha nacido lo primero que deberían hacer los médicos y parteras es entregarlo en los brazos de su madre para que lo abrace y lo amamante. Me parece que el protocolo más riguroso de los hospitales así lo exige. Estoy convencida de que el contacto corporal y nutricio con la madre en esos primeros momentos de la vida es crucial para el desarrollo de cualquier ser humano. Un niño amamantado el tiempo justo tiene mejor condición física y emocional.

¿Qué pasa con aquellos niños que por diversas circunstancias no logran ser amamantados por la madre? Quizá pasan el resto de su vida tratando de completar la nutrición que les faltó con lo que encuentran afuera.

Hay niños también que, por diferentes circunstancias, no pueden permanecer con la madre durante su infancia. Algunos de estos infantes permanecen largo tiempo solos en casa y otros con algún familiar o conocido que los cuida mientras la madre aparece. Así, sucede que muchas veces el niño carece de supervisión en la alimentación. Por esta u otras circunstancias, el infante comienza consumir una cantidad innecesaria de alimentos chatarra que no vale la pena enumerar. Los adultos sabemos cuáles son. 

Es cierto también que muchos niños y niñas consumen estos alimentos incluso ante la presencia de sus padres. Aunque el padre o la madre estén «ahí», en realidad su atención está ausente, resolviendo otros problemas más importantes para la subsistencia de la familia.

Como sea, el niño que no ha sido supervisado se convierte en un adolescente con pésimos hábitos alimenticios, reforzados por la publicidad constante de comida chatarra y la ideología predominante de la satisfacción inmediata, en este caso, la satisfacción del sabor y del hambre. Esta educación que venimos construyendo desde hace décadas es la que nos ha convertido en una sociedad de obesos y a la vez desnutridos, de personas mal alimentadas y que padecen enfermedades crónico degenerativas, cardíacas, coronarias, con hipertensión y diabetes. Tristemente ningún grupo social se libra de este destino ya que para acceder a la comida chatarra no se necesita poder adquisitivo. Las comunidades más pobres de nuestro país entre las que destacan las comunidades indígenas alejadas y de zonas marginadas de las ciudades, tienen acceso libre y barato a una cantidad enorme de bebidas azucaradas, a todo tipo de frituras y comida ultra procesada. ¿Y qué es lo que buscamos cuando introducimos este u otro tipo de alimentos a  nuestra boca? Solo amor. 

Creo, si se me permite esta licencia, que el infante o el adolescente busca completar la presencia del padre o la madre a través de la comida. El sabor dulce de un alimento provoca en el paladar y en el cuerpo excretar una sustancia parecida a la que producimos cuando se está cerca del regazo de la madre.

Pero, también hay otro tipo de personas, las que ante la falta de presencia y de amor prefieren evitar el alimento y con ello, morir. Estoy exagerando y pido una disculpa por ello. Pienso que un montón de jóvenes, niños y adultos que en el fondo de su alma se sienten desamparados, como nos sentimos mi abuela, mi padre y yo. Hemos dejado de comer por largas temporadas porque preferimos la muerte a la falta de amor.

En mis dos abuelas fue evidente, así como lo es para muchos ancianos. Mi abuela a lo largo de su vida fue acumulando pérdidas: la de sus esposos, la de un hijo no nacido, la de mi padre que al final de su vida se había vuelto su único compañero y alegría. Después de su muerte sobrevino la soledad, como a la que están sujetas muchas personas en situación de abandono. «Si nada me une a la tierra que ni siquiera me nutra.»

Las personas que padecen diabetes para mí son un misterio, pues así como un día son adictos a comer al día siguiente no toleran la comida. Mi abuela en sus últimos meses no quería ingerir alimento porque le causaba náuseas. Su cuerpo poco a poco se iba desarraigando de la tierra, iba perdiendo el sabor por la vida y tampoco quería que la vida la nutriera, prefería entregarse a ella como ofrenda. «Mejor que la tierra me consuma».

Mi padre, aunque estaba rodeado de gente que lo amaba y lo necesitaba, no se sentía motivado para vivir, para comer. Hacía una mala combinación entre los alimentos y el alcohol. Prefería este sobre aquellos. Así, podía pasar largos periodos sin ingerir alimentos mientras pudiera beber alcohol o café. ¿Qué habría en el alcohol que no tuvieran los alimentos? ¿Será que es más fácil transformar el alcohol en energía, será que el alcohol calienta más la sangre que el amor? ¿Qué amor estaba buscando mi padre si estaba rodeado de personas que lo amaban? Permítanme especular, puesto que es mi padre, lo que él necesitaba era el amor del suyo. El amor de otro hombre y no el de tres mujeres. El amor de la persona que le dio la vida, que lo dejó a los dos años y que fue a reencontrar veinte años después para descubrirlo sin ningún interés ni amor hacia él; para darse cuenta de que solo le había heredado ese gusto por el alcohol.

Cuando escribo esto, mientras tomo una taza de café, o cuando tomo una cerveza o una copa de vino, pienso que mi padre también me heredó esta inclinación por la cafeína, por el alcohol y la escritura. Esta falta de su presencia, está añoranza por el padre me viene de él. Por eso a la misma edad en la que él comenzó su alcoholismo yo perdí el gusto por los alimentos, porque él me faltaba y en lo único que pudimos estar unidos era en la falta de amor. Los médicos, nutricionistas y psicólogos podrán emitir sus dictámenes sobre estas experiencias: hablarán de depresión y trastornos de la personalidad, de dependencia a sustancias y de males psiquiátricos, pero ninguno de sus veredictos podrá ayudar a que esas personas que se consumieron en sí mismas y en su trastorno alimenticio. Nadie podrá ayudarnos.

Mi abuela terminó sus días completamente sola, postrada en su cama, delgadísima, con una depresión profunda. Su última noche se encerró en su casa y al día siguiente, cuando fueron a buscarla y no abrió la puerta, alguien entró por la venta y la encontró en su lecho, el mismo en el que a veces descansábamos junto con mi padre.

Mi otra abuela murió después de su última comida, ingerida después de quince días de permanecer en el hospital, cuidada por sus parientes que se turnaban para acompañarla pero que no pudieron hacerse cargo de ella en los últimos meses y que no la vieron morir.

Mi padre murió después de meses de comerse su dolor, por el mal de hígado nunca tratado. La joven que fui también ha desaparecido, aquella que aborrecía la comida con el pretexto de mantener una figura corporal que nunca llegó y que el destino reemplazó por otra muchacha, una que pudo hablar de su padre abiertamente.

Azúcar: símbolo del cariño del padre, de la madre, que entra por la boca, alimenta y da calor. Ternura: sentimiento de un cariño puro hacia ls personas, por su delicadeza o vulnerabilidad. Amantes: personas que buscan amor, el que provoca la ternura, la comida, el alcohol, la adicción.

Sugar, tender, lover (2)

Segunda parte del ensayo. Les cuento la historia de mi tío.

Qué tan cerca están estos conceptos: azúcar, alcohol, adicción.

El azúcar tiene una composición química muy parecida a la del alcohol, sólo cambiamos la unión de algunas moléculas. Los expertos en tratar enfermedades como la diabetes saben que el consumo en exceso de alcohol provoca que el cuerpo deje de reconocer el azúcar y esto deriva en hipoglucemia. Con la diabetes y el alcoholismo los mismos órganos se atrofian: el hígado, los riñones, la vista y la capacidad cognitiva.

Los expertos en alcohol saben que este aumenta su efecto si se combina con alimentos dulces y también que para satisfacer la ansiedad en los periodos de abstinencia, ingerir azúcar es un paliativo; por eso, en las pláticas de alcohólicos anónimos abundan las cajas de pan dulce y el café con azúcar disponibles para que los visitantes se sirvan a su gusto. Los expertos en adicciones saben que el proceso de recuperación no es sencillo, por lo que algunos optan por trasladar la adicción de las sustancias más tóxicas a otras menos dañinas; por ejemplo, la dependencia al alcohol se cambia por el cigarrillo y, bueno, el azúcar es considerado un potente adictivo tanto como para suplir al alcohol.

Uno de mis tíos es fanático de una película mexicana a la que yo llamaría de culto. No sé si la pasen en la televisión, nosotros la mirábamos en VHS. La película a la que me refiero es Perro callejero, que se divide en dos entregas. Protagonizada por el desaparecido Valentín Trujillo que interpreta a «Perro», un huérfano cuyo verdadero nombre nunca conocemos porque él mismo no lo sabe.  Tiene una amiga, «La Chiquis», personaje interpretado por Blanca Guerra. Es una mujer joven de barrio mexicano, con aspiraciones de una vida cómoda. Para lograr sus objetivos primero se hace novia del jefe de la banda del barrio, eventualmente conoce el mundo más allá de la colonia y pasa sus días en compañía de algunos pequeño-burgueses. La historia se desarrolla en los años 70, por lo que los amigos de La Chiquis son una especie de hippies que la introducen en el consumo de varios tipos de drogas: además de la mariguana, el LSD, la cocaína y la heroína. La Chiquis desarrolla una adicción a la heroína, motivo por el cual pierde la aparente estabilidad económica que había conseguido. Llega el momento en que la vemos pidiendo dinero ahí por la Zona Rosa. Perro la encuentra y le pasa algunos billetes. Más adelante, por alguna circunstancia, Perro tiene que convalecer en donde «La Chiquis» vive: un cuartucho deplorable en alguna colonia marginada de esta ciudad.

En estos momentos de la película, que ya se acerca a su final, nos enteramos de que «La Chiquis» está embarazada, escenas adelante comienzan las contracciones y Perro, más o menos recuperado de las heridas, la lleva de emergencia a los servicios médicos. 

En el hospital público informan a Perro que la madre probablemente pierda la vida durante el parto y que el niño tendrá complicaciones debido al estado de salud de la madre, seguramente nacerá adicto. Hay una plática final entre La Chiquis y Perro en la que ella aduce que el bebé es de el personaje que interpreta Valentín, aunque los televidentes sabemos que esto no es posible; sin embargo, Perro, que se distingue por tener un carácter resiliente y generoso, en los últimos momentos de su amiga, le promete hacerse cargo de la criatura. La película finaliza con el personaje Perro caminando por las ya populosas calles de la Ciudad de México con un bebé en brazos.


Esa película fue parte de mi educación sentimental. Repasaba la historia cada fin de semana, acompañada de mi tío quien religiosamente cada sábado encendía el reproductor y colocaba el casete para volver a ver aquella tragedia.

Una de las escenas que dejaron más impronta en mi alma de niña, es aquella cuando La Chiquis amanece con crisis de abstinencia. En su casa ya no hay drogas, pues la noche anterior las consumió.  No hay nada que pueda satisfacer la ansiedad de la joven, excepto la azucarera repleta de polvo blanco, no precisamente el que ella buscaba. La mujer recorre desesperada su habitación, toma el recipiente de una mesa, introduce la cuchara y comienza devorar el contenido, una tras otra cucharada. Los gránulos caen al piso, sobre su ropa, se quedan pegados alrededor de sus labios y en su nariz, como si estuviera consumiendo cocaína al estilo de Al Pacino en Caracortada, otra de las películas favoritas de mi tío.

Aquello que mi tío y yo veíamos como ficción de las películas, a la postre se convertiría en nuestra realidad.


Mi tío ya era un adulto cuando yo nací, pero en realidad nunca dejó de ser tan solo el hijo de mi abuela. Gran parte de mi infancia la pasé a su lado. Me fui de la casa de la abuela y regresé varias veces pero él siempre estaba ahí, era el mismo tío que había conocido de pequeña, los mismos hábitos meticulosos, las mismas manías, las mismas películas. Durante mis años de preparatoria, constantemente me desvelaba haciendo las tareas. La mayoría de las personas de esa casa se dormían a las 10 o a las 11 de la noche; en cambio yo solía continuar la noche estudiando en el comedor contiguo a la sala y la cocina. No sé decir si se trataba de una mala administración del tiempo o de lentitud, pero aquella era mi rutina: en las madrugadas de inicios del siglo XXI me desvelaba para cumplir con las tareas escolares. Mi acompañante de aquellas noches era mi tío. Yo estaba en la mesa escribiendo y él mirando los programas de televisión, los noticieros, anuncios de TV Directo, películas raras que emitían los canales 11, 22 y 40.

Permanecía algunos minutos sentado, simplemente observando la pantalla; después se levantaba y comenzaba a caminar por la sala buscando entre los cojines de los sillones, abajo de ellos; abría los cajones de las vitrinas y las alacenas. Si alguien había olvidado su ropa colgada en una silla, esculcaba las bolsas. Esta escena se repitió incontables veces. Así como la imagen de La Chiquis metiendo la cuchara en la azucarera, la imagen de mi tío hincado, mirando debajo de los sillones, es un recuerdo vívido de mi adolescencia.

¿Qué era lo que buscaba? A lo largo de los años el objeto del deseo fue cambiando. Primero necesitaba monedas de 10, de 5, de un peso, de 50 centavos que le permitieran juntar la cantidad suficiente para comprar una piedra de crack. Cuando la adicción ya era parte de su vida, entonces lo que quería era hallar algunos residuos, piedritas que quizá se hubieran caído antes de sus preparaciones.

Cuando yo ya estaba en la universidad y otra vez mi abuela me permitió vivir en su casa, mi tío seguía ahí, había cambiado el crack por el alcohol porque una adicción se deja por otra. A falta de trabajo, de dinero y de posesiones, se conformó con ir sacando lo suficiente cada día para poder tomar alcohol. Se acabaron las pocas botellas que había en la casa. Se tomaba cualquier cosa con algún grado de alcohol: el licor de café, el alcohol del botiquín, incluso las botellas de perfume desaparecieron.

Ahora mi tío se encuentra en mejores condiciones. Podríamos decir que a sus cincuenta años está mejor que nunca. No puedo decirles cómo mejoró su situación, hubo un precio de por medio. En parte, la mejora de su salud se debió a que fue diagnosticado con diabetes, derivada de la mala alimentación que llevó durante su vida y también por el alcoholismo. Finalmente, encontró la horma de su zapato que lo está llevando a mantener la disciplina. Cómo desearía que pudiera mantenerse así con buena salud y que aquellas escenas de La Chiquis y él mismo buscando desesperadamente el polvo blanco fueran únicamente parte de un recuerdo lejano.


Me encantaría decir que la historia de mi tío es aislada. Pero la vida me ha dejado conocer otras historias de jóvenes que siguen el camino de La Chiquis y no el de Perro. Jóvenes que confían en su cuerpo, en el tiempo, en su buena suerte. ¿Confían? No sé si confían o solo se entregan a su suerte, al contexto, al destino que fue mostrado por La Chiquis. Simplemente dejan que ella los guíe por los derroteros que caminó y los acompañe hasta el final marcado por la miseria, la soledad, la enfermedad y el abandono de uno mismo.

Un niño que perdió a su padre a la edad de siete años, aún teniendo seis hermanos mayores, es completamente relegado. Inicia inhalando thinner, fumando piedra y sirviendo de sicario a la banda de la colonia.

Una joven adicta a la cocaína se embaraza en una relación con un hombre rico. Después del embarazo el marido no la quiere mantener y se divorcian. Del juicio ella obtiene un auto de lujo y cientos de miles de pesos. En menos de un año se acabó el dinero. En un acto desesperado termina vendiendo su dentadura que precisamente había sido respuesta cuando inició su relación con aquel hombre. La dentadura que había perdido en su adolescencia. Otra vez se quedó sin dientes y eventualmente también pierde la custodia de su hijo.

Una pareja tiene tres hijos sordos, que nunca aprendieron lenguaje de señas y no asisten a la escuela. Al igual que sus padres se dedican a pepenar la basura o hacen labores de limpieza en las casas vecinas. El hijo mediano se hace amigo de la banda del barrio, con ellos comienza a consumir inhalantes y otras drogas. Algunos años después el joven pierde la vista, no se sabe si causa de las drogas o de una enfermedad congénita.

Una joven de edad adulta es muy dependiente de su madre recién fallecida. Cae en depresión y se dedica al consumo de drogas: alcohol, thinner, crack, heroína. Tiene dos pequeños niños los cuales están completamente abandonados.

Un joven lleva tres días consumiendo crack, tomando alcohol. Recibe una llamada de ayuda para su banda. Acude al llamado y en un brote de psicosis descarga su arma en el hombre que golpea a su amigo. Actualmente cumple una condena de veinticinco años en la cárcel.

Un joven que había crecido en el abandono, desde la adolescencia es adicto a los enervantes. En esa misma época consigue unirse a la banda del barrio que lo contrata como dealer. Muchos años logra mantenerse en ese puesto hasta que lo encarcelan por posesión. Medio año después sale de la cárcel y decide dejar la banda para trabajar de carpintero, «irse por la derecha». Dos meses después, un grupo de hombres (se presume que de la banda) lo intercepta en la calle y lo golpea hasta el cansancio. El joven no muere pero queda cuadrapléjico y con daño cerebral.

Todas estas historias ocurrieron no muy lejos de aquella sala donde yo estudiaba y mi tío buscaba monedas debajo de los cojines.

En mi niñez pasaba las tardes con esos muchachos y muchachas de los que hablo. Recuerdo que nuestro juego favorito eran las escondidillas y las correteadas. En aquellos días de México de los años noventa, había muchísimo espacio en las calles para correr y esconderse detrás de los micros, abajo de una escalera, entre las bardas que separan las casas. Reíamos, jugábamos hasta bien entrada la noche. Sólo interrumpía nuestra diversión el hambre o el sueño.

¿De qué manera corrimos y nos escondimos del futuro, de nosotros mismos, dónde quedó nuestra ternura de niños?

En mi adolescencia aumentaron mis responsabilidades escolares, ya no salía jugar. Permanecía en mi habitación que tenía una ventana hacia la calle. Escuchaba risas y gritos de los que estaban afuera. A veces me asomaba por la ventana, ellos se reían de mí porque no podía salir. 

Algo dentro de mí decía que esas imágenes de niños jugando en la calle al final de los años 90 eran un perfume que con el paso del tiempo también habría de desaparecer.