Sugar, tender, lover (3)

Lover

Dicen que no comía 

nomás se le iba en puro llorar…

Canción popular mexicana

La historia oficial cuenta que mi padre me amaba demasiado, quizá es evidente al ser yo su primogénita. Los recuerdos más lejanos de mi infancia incluyen a mi padre escribiéndome una carta, armándome un disfraz de robot con cajas de cartón o comprándome un helado. Después mi padre desapareció. La historia oficial reza que él quiso curarse, que quiso dejar el alcoholismo cuando ingresé al Kinder porque para él era penoso recogerme en la escuela y que no me dejaran salir con él en estado inconveniente. Decidió dejar el alcohol y meses después murió. Más adelante entendí que mi padre murió debido a la enfermedad hepática agravada que padecía desde muchos años antes.

Meses después del fallecimiento de mi padre, su madre, mi abuela, también dejó este mundo. Crecí con la idea de que había muerto por la avanzada edad pero, en verdad, 63 años no es avanzada edad en la actualidad. En el acta de defunción de mi abuela aparece como una de las causas de muerte «anorexia». Sacando conclusiones, porque no puedo confirmar con nadie esta información, entiendo que cayó en depresión y dejó de comer al punto de que esta carencia la llevó a la inanición y a la muerte. Esto me levó a pensar en la relación que he tenido con la comida, en la relación que tuvo mi padre con los alimentos.

Conozco a una persona que, así como mi abuela paterna, hace unos meses perdió a un familiar muy amado. El ciclo del duelo no ha logrado cerrarse, pues esta persona ha caído también en una depresión profunda. Se levanta de su cama pasado el mediodía, come poco o no come. «No tengo hambre», argumenta. Antes de su pérdida pesaba casi 100 k y ahora poco más de 50 k. Así como ella, mi padre argumentaba que «no tenía hambre» y por las mañanas solo tomaba alcohol o un café.

A mis 17 años, yo también podía pasar largos periodos de ayuno o comía muy poco. Estaba obsesionada con mi peso y con lo que me metía a la boca. No quería que hubiera nada más en mi organismo, solo lo estrictamente necesario. Nunca llegué a estar en los huesos porque otras preocupaciones me sacaron de esa dinámica. Otras mujeres de mi familia también han pasado por estos periodos de anorexia o bulimia. En fin, creo que muchas personas cercanas han padecido trastornos alimenticios, expresados en esa necesidad de comer y después pensar en lo que se ha comido con culpa, como si estuviera mal hacerlo. Pero qué placer mientras degustas los alimentos. Son como un abrazo. Y es que la comida está ligada al placer y al amor. 


Una vez que un bebé ha nacido lo primero que deberían hacer los médicos y parteras es entregarlo en los brazos de su madre para que lo abrace y lo amamante. Me parece que el protocolo más riguroso de los hospitales así lo exige. Estoy convencida de que el contacto corporal y nutricio con la madre en esos primeros momentos de la vida es crucial para el desarrollo de cualquier ser humano. Un niño amamantado el tiempo justo tiene mejor condición física y emocional.

¿Qué pasa con aquellos niños que por diversas circunstancias no logran ser amamantados por la madre? Quizá pasan el resto de su vida tratando de completar la nutrición que les faltó con lo que encuentran afuera.

Hay niños también que, por diferentes circunstancias, no pueden permanecer con la madre durante su infancia. Algunos de estos infantes permanecen largo tiempo solos en casa y otros con algún familiar o conocido que los cuida mientras la madre aparece. Así, sucede que muchas veces el niño carece de supervisión en la alimentación. Por esta u otras circunstancias, el infante comienza consumir una cantidad innecesaria de alimentos chatarra que no vale la pena enumerar. Los adultos sabemos cuáles son. 

Es cierto también que muchos niños y niñas consumen estos alimentos incluso ante la presencia de sus padres. Aunque el padre o la madre estén «ahí», en realidad su atención está ausente, resolviendo otros problemas más importantes para la subsistencia de la familia.

Como sea, el niño que no ha sido supervisado se convierte en un adolescente con pésimos hábitos alimenticios, reforzados por la publicidad constante de comida chatarra y la ideología predominante de la satisfacción inmediata, en este caso, la satisfacción del sabor y del hambre. Esta educación que venimos construyendo desde hace décadas es la que nos ha convertido en una sociedad de obesos y a la vez desnutridos, de personas mal alimentadas y que padecen enfermedades crónico degenerativas, cardíacas, coronarias, con hipertensión y diabetes. Tristemente ningún grupo social se libra de este destino ya que para acceder a la comida chatarra no se necesita poder adquisitivo. Las comunidades más pobres de nuestro país entre las que destacan las comunidades indígenas alejadas y de zonas marginadas de las ciudades, tienen acceso libre y barato a una cantidad enorme de bebidas azucaradas, a todo tipo de frituras y comida ultra procesada. ¿Y qué es lo que buscamos cuando introducimos este u otro tipo de alimentos a  nuestra boca? Solo amor. 

Creo, si se me permite esta licencia, que el infante o el adolescente busca completar la presencia del padre o la madre a través de la comida. El sabor dulce de un alimento provoca en el paladar y en el cuerpo excretar una sustancia parecida a la que producimos cuando se está cerca del regazo de la madre.

Pero, también hay otro tipo de personas, las que ante la falta de presencia y de amor prefieren evitar el alimento y con ello, morir. Estoy exagerando y pido una disculpa por ello. Pienso que un montón de jóvenes, niños y adultos que en el fondo de su alma se sienten desamparados, como nos sentimos mi abuela, mi padre y yo. Hemos dejado de comer por largas temporadas porque preferimos la muerte a la falta de amor.

En mis dos abuelas fue evidente, así como lo es para muchos ancianos. Mi abuela a lo largo de su vida fue acumulando pérdidas: la de sus esposos, la de un hijo no nacido, la de mi padre que al final de su vida se había vuelto su único compañero y alegría. Después de su muerte sobrevino la soledad, como a la que están sujetas muchas personas en situación de abandono. «Si nada me une a la tierra que ni siquiera me nutra.»

Las personas que padecen diabetes para mí son un misterio, pues así como un día son adictos a comer al día siguiente no toleran la comida. Mi abuela en sus últimos meses no quería ingerir alimento porque le causaba náuseas. Su cuerpo poco a poco se iba desarraigando de la tierra, iba perdiendo el sabor por la vida y tampoco quería que la vida la nutriera, prefería entregarse a ella como ofrenda. «Mejor que la tierra me consuma».

Mi padre, aunque estaba rodeado de gente que lo amaba y lo necesitaba, no se sentía motivado para vivir, para comer. Hacía una mala combinación entre los alimentos y el alcohol. Prefería este sobre aquellos. Así, podía pasar largos periodos sin ingerir alimentos mientras pudiera beber alcohol o café. ¿Qué habría en el alcohol que no tuvieran los alimentos? ¿Será que es más fácil transformar el alcohol en energía, será que el alcohol calienta más la sangre que el amor? ¿Qué amor estaba buscando mi padre si estaba rodeado de personas que lo amaban? Permítanme especular, puesto que es mi padre, lo que él necesitaba era el amor del suyo. El amor de otro hombre y no el de tres mujeres. El amor de la persona que le dio la vida, que lo dejó a los dos años y que fue a reencontrar veinte años después para descubrirlo sin ningún interés ni amor hacia él; para darse cuenta de que solo le había heredado ese gusto por el alcohol.

Cuando escribo esto, mientras tomo una taza de café, o cuando tomo una cerveza o una copa de vino, pienso que mi padre también me heredó esta inclinación por la cafeína, por el alcohol y la escritura. Esta falta de su presencia, está añoranza por el padre me viene de él. Por eso a la misma edad en la que él comenzó su alcoholismo yo perdí el gusto por los alimentos, porque él me faltaba y en lo único que pudimos estar unidos era en la falta de amor. Los médicos, nutricionistas y psicólogos podrán emitir sus dictámenes sobre estas experiencias: hablarán de depresión y trastornos de la personalidad, de dependencia a sustancias y de males psiquiátricos, pero ninguno de sus veredictos podrá ayudar a que esas personas que se consumieron en sí mismas y en su trastorno alimenticio. Nadie podrá ayudarnos.

Mi abuela terminó sus días completamente sola, postrada en su cama, delgadísima, con una depresión profunda. Su última noche se encerró en su casa y al día siguiente, cuando fueron a buscarla y no abrió la puerta, alguien entró por la venta y la encontró en su lecho, el mismo en el que a veces descansábamos junto con mi padre.

Mi otra abuela murió después de su última comida, ingerida después de quince días de permanecer en el hospital, cuidada por sus parientes que se turnaban para acompañarla pero que no pudieron hacerse cargo de ella en los últimos meses y que no la vieron morir.

Mi padre murió después de meses de comerse su dolor, por el mal de hígado nunca tratado. La joven que fui también ha desaparecido, aquella que aborrecía la comida con el pretexto de mantener una figura corporal que nunca llegó y que el destino reemplazó por otra muchacha, una que pudo hablar de su padre abiertamente.

Azúcar: símbolo del cariño del padre, de la madre, que entra por la boca, alimenta y da calor. Ternura: sentimiento de un cariño puro hacia ls personas, por su delicadeza o vulnerabilidad. Amantes: personas que buscan amor, el que provoca la ternura, la comida, el alcohol, la adicción.

Sugar, tender, lover

Este ensayo se divide en tres partes, comparto la primera.

Sugar

Mi bisabuela J. falleció a los setenta y dos años a causa de diabetes. Desde que tuve memoria, ella era ciega. Cuando iba a visitarla me pedía que me acercara, con sus manos me tocaba el rostro, me apretaba los cachetes y preguntaba cómo iba mi pelo. Recorría la larga trenza que usaba en aquella época y decía cómo has crecido, te cortaste el cabello, ¿sigues teniendo ricitos de oro?

Mi bisabuela permanencia sentada en la sala de su casa y nos seguía preguntando al mismo tiempo que regañaba mi madre por haberse ido de lejos y también se quejaba de sus hijas, unas mujeres de más de 30 años que habían hecho esto y habían dejado de hacer aquello. Su voz, según la recuerdo, era de una tonalidad como siempre con ganas de llorar, a punto de quebrarse; todo lo que decía mi bisabuela me parecía una letanía muy triste, un lamento acumulado desde mucho antes. Pensaba, en mi razonamiento de niña de siete años, que todas las viejecitas eran así, señoras de setenta que sufren y se lamentan, que no se valen por sí mismas porque están ciegas, porque no tienen dientes y están enfermas. Poco tiempo después mi bisabuela también perdió su pierna a causa de la diabetes. En mi concepción, entonces, las mujeres viejas también eran incapacitadas.

Años después fue sometida a una operación de cataratas y recuperó la vista, ahora usaba lentes y podía ver. Por fin me conoció. Cuando la visitaba ya no me tocaba, solo me miraba por largo rato. También había recuperado algo de su fuerza; a pesar de no tener una pierna hacía las tres comidas para los varios integrantes de su familia y lavaba todos los trastes resultantes en su cocina integral. También había accedido a usar una dentadura postiza. Estaba como regresando a la vida poco a poco, así como en años previos parecía que se estaba yendo; sin embargo, en su último año de vida, apenas comenzando este siglo, la recaídas fueron constantes. Fue internada en el hospital en múltiples ocasiones, sus siete hijos se encargaban de cuidarla en el turno en la noche, en el día, los fines de semana. Siempre hemos sido una familia de bajos recursos (a pesar de los sentimientos contrarios de algunos integrantes), entonces, el hospital era público, los hijos tenían que trabajar y a la vez atender a su madre. Hijos e hijas entre las que se encontraba mi abuela, que era la mayor y la que nunca se iba. Mi abuela siempre estaba ahí a pesar de tener otra responsabilidades en su casa y con sus propios hijos, para ella lo más importante era su madre. Todos los hijos e hijas cuidaron diligentemente a la madre hasta su último día. No puedo decir que J. murió rodeada de sus hijos, tomada de su mano porque  en un hospital público sólo puede pasar una persona a la visita, pero sus hijos estaban afuera, pendientes de su madre, atentos al movimiento del alma de su madre que finalmente expiró.

El día que falleció mi bisabuela, ¿dónde estaba mi abuela? Quizá, como dije, esperando afuera del hospital, el último aliento de su madre. Cuando mi bisabuela falleció, a la edad de setenta y dos años, su hija, mi abuela, tenía cincuenta y tres. En aquella época, ambas edades me parecían de gente muy mayor.

Diez años antes, a inicios de la década de los 90, a mi abuela se le había diagnosticado diabetes, disparada, según ella y la tradición popular, por un susto.

El desaguisado de ese entonces fue el ingreso de su hijo menor al reclusorio, por un delito menor pero como incluyó la muerte de su compañero y altercados con los policías, culminó en una sentencia de ocho años, agravada por el comportamiento al interior del penal.

Hay varios tipos de madres: las hay abnegadas o las que deciden entregar a su destino a sus hijos. Mi abuela era de las primeras, así que nunca abandonó a su suerte al hijo; por el contrario, le proveía para que su estancia en el penal fuera menos dolorosa. En la incondicionalidad de su amor, todo lo daba sin pedir nada, incluso sin esperar que el hijo aprendiera algún tipo de lección o se recuperara de las conductas antisociales. No obstante, la energía invertida en el bienestar no sólo de este hijo sino también de los restantes, la enfermedad de la madre y las combinaciones posibles resultantes de estos elementos, aniquilaban el tiempo que mi abuela podría haber dedicado al mantenimiento de su propio cuerpo; a pesar de haber sido diagnosticada con diabetes a la edad de cuarenta años, de tener la posibilidad económica de acudir al médico, de recibir y procesar el conocimiento de una dieta sana y de haber presenciado con otros familiares las consecuencias de la diabetes, decidió no tomar ningún tipo de precaución. Nunca cambió su dieta, los medicamentos prescritos eran consumidos a deshoras, constantemente tenía episodios de desestabilización. Hacia el final de sus días pasaba largos periodos de ayuno, letales para una persona con diabetes. Ella no existía para sí misma sino solo en relación con los otros; comía cuando estaba acompañada de sus hijos, tomaba la medicina solo cuando alguien más la supervisaba, contestaba sólo a los impulsos que recibía del exterior pero de ella, de sus de sus necesidades, sus deseos, sus afectos, ¿quién sabía?.

Ahora, pasado un tiempo de la muerte de mi abuela, aún me pregunto, y ya nadie podrá responderme, ¿cuál era su comida preferida?; si no hubiese sido ama de casa, ¿qué más le habría gustado ser?; ¿se sintió acompañada en los momentos de dolor, en la muerte de sus padres, o en ese aborto que tuvo hace años? Todas esas en interrogantes ya no las podré resolver pero reconozco en ella el hermetismo heredado a sus hijos y nietos. Entre nosotros, de nosotros, tampoco sabemos mucho.

Dos peticiones nos hizo saber mi abuela, su última voluntad. La primera: no quería que le hicieran diálisis, pues había presenciado el sufrimiento de su madre y relacionaba este procedimiento con la muerte; la segunda: no quería ser sepultada en la misma tumba que su esposo con quien nunca había conocido la paz en vida y seguramente tampoco en la muerte, imaginaba. Abuela, tu primera última voluntad no pudimos respetarla; nosotros queríamos tenerte un poco más, por lo menos despedirnos bien, por eso pedimos que te intervinieran con la diálisis cuando quedaste inconsciente, algunos días después despertaste. Aunque no podías expresar tu descontento por no haber respetado tu deseo, nosotros pudimos comunicarte que, a pesar de todas nuestras omisiones, estábamos ahí. Tu segunda última voluntad, abuela, sí logramos cumplirla, no estás junto ni con el abuelo, aunque cerca, esperamos sea la distancia prudente como para no molesta tanto como lo hizo en vida.

Mi abuela murió a los sesenta y ocho años, dos días después del Día de las Madres; yo me sentí aliviada y culpable cuando ella falleció. Aliviada, pues por fin mi abuela estaba descansando del destino tan duro que le había tocado vivir, liberada de la carga que representaba para ella su familia, sus hijos, sus nietos, hermanos y hermanas, que ninguno nosotros quiso encargarse de ella en sus últimos meses; esto derivó en el descuido, en el olvido y el abandono que la llevaron al hospital. Culpable, porque yo ya era una adulta; aunque era su nieta no me separaba nada de ella, había estado con ella desde antes de mi nacimiento, dentro de sus ovarios cuando ella era niña, desde ahí estaba mi vida en potencia y aún así tampoco pude brindar ningún cuidado útil, ninguna ayuda, ni siquiera me fue dado el poder presenciar el último aliento de mi abuela. La noche que falleció era mi turno para cuidarla en el hospital; me distraje unos segundos buscando papel higiénico para limpiar su rostro que exudaba copiosamente. Cuando llegué frente de su cama, esperando encontrarla consciente, la máquina que medía su supresión arterial, pulso cardiaco y frecuencia respiratoria, estaba en ceros. Corrí por ayuda pero no pudieron hacer nada. Mi abuela había fallecido sola en el intervalo de dos minutos acaso, mientras su hermana menor terminaba la visita, salió del hospital, me dio el pase para entrar, pregunté en la farmacia dentro del hospital si había papel higiénico, no vendemos papel sólo medicamentos, me anoté en el libro de visitas del segundo piso, veinte pasos para llegar a la camilla correspondiente y mi abuela ya no estaba, solo su cuerpo que seguía sudando ese líquido oloroso que indica la excesiva retención. Languidecía, había perdido el color moreno, ahora su semblante tenía un color entre verdoso y amarillo que no podía distinguir bien porque era tarde, el sol ya no alumbraba naturalmente el cuarto del hospital y aún no prendían las luces. Ese cuerpo ya no era mi abuela, era solo un cuerpo hinchado y mancillado de los brazos, en la garganta y a la altura de los riñones por todas las veces que lo habían intervenido con agujas y tubos para poder extraer lo que quedaba de mi abuela, retenerla un poco aunque nunca regresó por completo; aún así le di un beso en la frente y le dije unas últimas palabras, para mi consolación.

La siguiente persona en la línea de sucesión es La Caperuza, apodada así por su abuela, en alusión y correspondencia con la verdadera Caperucita a quien la madre de su madre le regala una capa roja para protegerla del viento y del frío del bosque. Me imagino a Cape, como después la llamamos todos, diminuta y delgada, portando una capa roja, yendo de un lado a otro con una bolsita de mandado en los ranchos a punto de despoblarse de Jerécuaro, Guanajuato. Cape, haciendo honor a su sobrenombre se quedó niña, no creció más allá de uno cuarenta metros de estatura. Tenía dificultad para encontrar calzado apropiado porque los del número dos, que es la talla más pequeña para dama, eran demasiado grandes para su pie. Se había quedado niña. De niña la trajeron a la Ciudad de México, junto con su hermana mayor y dos hermanos menores; acá en la Ciudad de México nacerían dos más a los que tendría que cuidar mientras su madre trabajaba lavando y planchando ropa de otras familias y su padre laboraba en la fábrica. Cape sí fue al escuela aunque ya no recuerda hasta qué año pues, aún siendo niña, tuvo también que trabajar para ayudar a mantener a los hermanos menores. Al igual que su madre, tomó el oficio de lavar, planchar y limpiar casas de otros. No vamos a decir que era su vocación, era lo que había en ese momento, lo que estaba a la mano, lo que tenía que hacer y lo ejecutaba con una diligencia silenciosa, con una precisión envidiable para cualquier profesional en estos rubros. No olvidaba ningún rincón del hogar, ninguna prenda de ropa, ningún traste. Era cumplida incluso con las obligaciones impuestas, por ejemplo, traer a la casa, cada domingo, bolsas de mandado repletas de víveres: leche, huevo, frijoles, arroz, también jabones de baño, papel higiénico y toallas sanitarias para todas las mujeres de la casa que iban creciendo y desarrollándose pero ella permanecía niña. Llegó la edad en la que correspondía casarse pero deseó continuar a lado de su madre, proveyendo lo necesario para los hermanitos. Por ahí había un muchacho que la buscaba. Su madre le pedía que siguiera el curso natural de la vida: naces, creces, trabajas y te casas, tienes a tus hijos, los creces y te mueres.

Cape no quería este destino para sí, quería seguir siendo niña, la pequeña de la casa, pero la fuerza del sistema es más potente y, a la postre, Cape tuvo que casarse con aquel muchacho insistente. Como le enseñaron, él sería su marido para toda la vida. Ahora llegaba el tiempo de tener a los hijos, aunque Cape no se apresuraba, prefería estar así, con una vida simple y sin más esfuerzo del que ya implicaba apoyar a su madre y mantener una casa con esposo: el propio aseo, la propia comida, las propias preocupaciones ya eran suficientes como para agregar otras. Una vez más el sistema familiar, el destino, pedía a Cape que siguiera el camino marcado, sin desviarse, sin saltarse pasos. Después de algunos años de casada y a una edad que para su época era poco común, se embarazó y de ese único embarazo no nació un bebé sino dos pequeñas cuya manutención, cuidado y educación, en efecto, resultaban para Cape una carga que ella, sin embargo, acostumbrada a ser cumplida y responsable, atendió con los mejores afectos. Cuidó con especial esmero a las niñas en sus primeros años y en su adolescencia. Todos los días se levantaba para llegar a tiempo a la escuela primaria, secundaria y preparatoria. Cuando las niñas abandonaron la escuela por el embarazo prematuro, las atendió nuevamente y se hizo cargo de los nietos. Siempre dio lo necesario y aunque, recuerden, ella prefería una vida de soledad, una vida simple y sin responsabilidades, aún así se hizo cargo de los ocho nietos que le dieron como ofrenda. Otras cargas sostuvo Cape a lo largo de su vida, otras penas, otras culpas. Al igual que su madre y su hermana restó tiempo para sí misma, no hubo espacio para tomar su camino, para su atención personal, para cuidar de su cuerpo de niña-mujer. Esa falta de atención, de amor y de alimentos para ella, pues tenía que repartir su fuerza, su tiempo y su comida entre los suyos, también la llevó a la diabetes.

Como su madre y su hermana, a los sesenta y cinco años Cape murió debido a las complicaciones de la diabetes; como su madre y su hermana, estaba acompañada de sus hijas y también, como ellas, fue víctima de las negligencias y el descuido de la familia. Los últimos años de Cape estuvieron marcados por la violencia intrafamiliar que padecía en manos de sus hijas. Quince días antes de su muerte había perdido una pierna, pero ya desde hace mucho las ganas de vivir. Cape, como muchos diabéticos, se entregó por entero a la muerte; primero le ofrendó su capacidad mental, después algunas partes de su cuerpo y al final todo su ser.

Así, mi familia es una familia de diabéticos por la línea materna. Mi bisabuela, mi abuela, abuelas, mis tíos, tienen diabetes.

Mi madre también tiene diabetes, yo tengo diabetes, mi hermana también, y sus hijos. No hemos sido diagnosticados, pero es verdad que llevamos la diabetes en la sangre, en los genes. Nuestro estilo de vida nos inclina a desarrollar la enfermedad. Una dieta alta en carbohidratos, vida sedentaria, nula educación alimenticia y falta de atención médica de calidad. Nuestro contexto nos encamina a la diabetes, debido también a facilidad con la que se consiguen comidas altas en azúcares y carbohidratos y, por otro lado, la dificultad, sobre todo económica, de encontrar alimentos de calidad.

Las costumbres familiares y culturales también nos conducen a la diabetes. Muchos tenemos el hábito de despertarnos para desayunar únicamente una taza de café con leche y pan, porque es fácil, porque no hay tiempo, nos justificamos; en el almuerzo, podemos elegir entre una variedad de comidas fáciles: tacos, tortas, gorditas, quesadillas y otros alimentos derivados del maíz y del trigo; aún si estamos en casa con más tiempo para cocinar, optamos por los carbohidratos: arroz, frijoles, papas, zanahorias, acompañados de tortillas o pan con un trocito de carne y unas pocas verduras. Para acompañar los alimentos elegimos agua de sabor con azúcar o una Coca-Cola; como  postre: fruta, galletas y otro pan. Esto me da como resultado una dieta conformada entre el 50 y 60 por ciento de carbohidratos y aunque todos los platos del buen comer señalan que son niveles adecuados para el consumo diario, es verdad también que la presencia de carbohidratos en la dieta está relacionada con el aumento de la glucosa en la sangre y esto, con la diabetes.

Durante casi todo el siglo XX, mi familia tuvo una cantidad limitada de alimentos porque mis ancestros eran pobres y eran muchos; sin embargo, el cambio de residencia del campo a la ciudad, les permitió aumentar sus ingresos y con ello, poder comprar más alimentos: más leche, más tortillas, más frijoles y más arroz, más carbohidratos y solo un poquito más carne, porque es costosa. En mi siglo, y gracia s a los esfuerzos de mis ancestros, conseguí lo que ellos tanto buscaron: no padecer más hambre; no obstante, continúo con estos hábitos: mucho pan, mucha fruta, mucha azúcar, y para compensar la escasez de antes: pasteles, helados, y otros deliciosos panecillos.

En la sangre, en los genes y en las costumbres estoy predestinada a padecer diabetes. Me inserto en las cifras de la epidemia que padece México, como muchos otros familiares, amigos y conocidos. Como casi el 50 % de los que padecen diabetes, no tomo ningún tipo de medida para retrasar o evitar las complicaciones.

Nos engañamos pensando que la muerte no nos alcanzará, que la vida está para disfrutarla, que es complicado cambiar de hábitos y que, si de momento no padezco sufrimiento, por qué habría de prevenirlo.

Pero regresan a mi mente las imágenes que viví de niña, cuando era inminente la muerte de mi bisabuela J., la mujer delgada, ciega y débil que siempre hablaba con voz entrecortada; la ansiedad de mi abuela que nunca podría tener cinco minutos para descansar mientras su cuerpo se llenaba de líquidos que se acumulaban en sus pies y le impedían caminar. Pienso también en la actitud silente de mi tía Caperuza que tuvo que aguantar el hambre, el coraje, la desesperación de la pobreza y la falta de libertad; dejar todo por la entrega a los otros.

Y mi desesperación, mi adicción a los carbohidratos, lo mal que me siento si no tengo en el paladar un sabor dulce o un pan crujiente para masticar. El hambre que siento a todas horas porque a mi cuerpo le falta combustible y el alivio momentáneo de un chocolate, una galleta o unas cucharadas de azúcar.

¿Acaso no es esto el sufrimiento?, ¿acaso no es estar más cerca de la muerte que de la vida?

Este ritmo de vida eventualmente me llevará, como a mi abuela, mi bisabuela y mi tía, a estar postrada en el sofá, muy cansada para moverme. Muy aletargada para pedir encontrar algo que me reconforte y quizá tenga mucho menos que sesenta y cinco años.

Recomiendo:

Calvillo, A. (18 de diciembre de 2018). AMLO, el neoliberalismo y la diabetes. En Sin Embargo. https://www.sinembargo.mx/18-12-2018/3512234

La belleza no es sino el advenimiento de lo terrible

O al revés. Lo terrible es el advenimiento de la belleza.

El 19 de septiembre avisaba que sería un día largo. Lo comencé a las seis de la mañana. Ese día tenía clase en la universidad, pero antes, debería ir a una reunión laboral y antes, terminar algunos pendientes de la casa. Para lograr mis propósitos, me levanté temprano a barrer y trapear los cuartos principales de mi hogar. Me gusta comenzar siempre por el interior antes de ir afuera, primero limpio lo de adentro y después atiendo los asuntos del exterior. Lavé trastes, revisé mensajes de mis estudiantes en línea, me bañé y vestí, preparé mi bolso con material didáctico y me dirigí a la reunión programada a las 9 a.m.

Aunque una fuga de agua sobre la Avenida Insurgentes hizo que la circulación se congestionara por algunos minutos, logré llegar más o menos a tiempo a la reunión. Más o menos a tiempo para los eventos que fueron aconteciendo.

Nos informaron que a las 11 habría un simulacro. El que se hace cada año en conmemoración de ese otro sismo del 19 de septiembre de 1985, que no viví, decía yo. Pero ya lo viví.

Durante el simulacro me pregunté qué pasaría si este sismo fuera real. Cómo bajaríamos de un edifico de 6 pisos más de doscientas personas. Qué lugar sería el más seguro para nosotros en la estrecha calle de Altavista, ex camino al Desierto de los Leones, llena de edificios de reciente construcción, todos ellos de más de seis pisos; cuál sería nuestro lugar de seguridad en esa callecita siempre saturada de automóviles que suben a Periférico y bajan a Insurgentes. De qué manera se podría guardar la vida de las más de 500 personas que, en pocos minutos, poblaron la calle durante el simulacro. Pero solo era un simulacro. Así que no importaba tanto que algunos refunfuñaran por tener que participar, que otros se detuvieran obstruyendo las banquetas, que no estuviera claramente señalizada la salida. Que un auto pitara desesperadamente para que lo dejáramos pasar, porque detuvimos su ruta dos minutos por el tonto simulacro. Incluso el expositor de la reunión, una vez que regresamos a la sala, nos pidió disculpas por el tiempo perdido. Disculpe usted por este simulacro hipotético de 8.0 en la escala de Richter, con epicentro en Guerrero. Todo ángel es terrible. Todas las hipótesis piden su comprobación.

Todo ángel es terrible

Sin haber vivido el sismo del 19 de septiembre de 1985. Después de la comprobación de la hipótesis que solo falló por algunos grados y unos estados de diferencia, presentí que aquellas escenas conocidas por reportajes, documentales y películas donde aparece el Papa, se repetirían. No ví caer ningún edificio, no vi ningún desastre durante los tres minutos que duró el sismo, pero la hipótesis comprobada nos decía, a las miles de personas que andaban de un lado a otro en las calles, que aquellas escenas se estaban repitiendo. Dos tiempos estaban sucediendo como universos paralelos, un pasado aparentemente superado y un presente redivivo.

Y es que los ángeles, se dice, a veces no distinguen si están entre los vivos o los muertos, si están en 1953, en 1985 o en 2017.

Después de dos horas caminando sobre Insurgentes para llegar a la casa y ver que paredes, tanques de gas y gatos estuvieran bien, nos dimos cuenta de que no había luz, no teníamos teléfono ni manera de saber qué estaba pasando más allá de las hordas de gente caminando; algunas de ellas humanamente auxiliadas por automovilistas que las llevaron “de ride” a su destino, la gran mayoría de estos solo estaban en su propio asunto de cláxones y carriles. Me di cuenta del poder de los pies y de la inutilidad de un auto que no avanza y que tampoco puede trasladar a una sola persona atrapada en el tráfico de Insurgentes.

Afortunadamente, guardamos un teléfono que resultó bastante inteligente a pesar de su tecnología de 2010. Tenía radio y lo prendimos. Nos enteramos de los edificios caídos en distintos puntos de la ciudad. Una escuela caída. La Roma y la Condesa (lugar de donde emigramos en 2014 después del sismo de Viernes Santo) con varios edificios colapsados. Se necesitan voluntarios para levantar escombros y rescatar a gente que probablemente yace bajo toneladas de concreto, las necesitamos en la explanada de la delegación Cuauhtémoc.

Fuimos.

 

Pero en fin, los urgidos prematuros

Que se marcharon ya, no necesitan

de nosotros.

Pero nosotros, que necesitamos

De tan grandes misterios:

Nosotros, para quien de la misma tristeza

Brota un aumento de felicidad

¿Podríamos vivir sin ellos?

De la explanada de la delegación Cuauhtémoc (en la que vimos al delegado con cara acongojada, junto con su esposa, posando para los medios de comunicación) a los cientos de personas que asistimos como voluntarios nos dividieron en equipos y nos llevaron a las zonas damnificadas. Pero mi equipo, por lo menos, en ningún lugar fue requerido.

El primer lugar que visitamos fue el laboratorio de la calle de Puebla 282, en la Roma Norte. Nos informaron que había materiales tóxicos que no podrían ser manipulados por ciudadanos comunes y corrientes. Aquí solo los de la Marina y la Cruz Roja. Mejor vayan a Chimalpopoca y Bolívar, ahí se necesita mucha gente.

Con la astucia de la juventud para secuestrar camiones, los más jóvenes del equipo convencieron al chofer de un autobús de que nos llevara a la colonia Obrera. Arribamos pero sin ser ya solicitados; en cambio, la gente aglomeraba las calles, se amontonaban por todos lados automóviles con víveres, con herramientas para quitar escombros. Aquí no los necesitamos, no obstruyan la calle, gritaban los oficiales en evidente desesperación por el desorden de los curiosos, los que querían ayudar y los vecinos del lugar.

Mientras un montón de extraños pasaban por las calles con cubetas, palas y botellas de agua, los vecinos más pequeños, los que eran de allí, jugaban futbol en el deportivo de la esquina. Atrás gritando por ayuda: necesitamos unas cuerdas, cuerdas, consigan cuerdas; los niños: ¡goooool!

Los dos días siguientes también buscamos dónde serían útiles nuestras manos. Que la carrera que estudié me sirva de algo, pensaba, aunque sea para levantar escombros. Pero no encontraba dónde. Estas ansias por ayudar pronto se convirtieron en frustración por no lograrlo. Qué estoy haciendo, qué estoy no haciendo, qué debo hacer, me preguntaba. No sabía cómo servir a mi ciudad, a mi país, cómo servir a toda esa gente que no conocía pero que ahora presentía tan cercana, parte de mí, de mi familia.

Un sentimiento de impotencia se apoderaba de mí. Solo supe rezar, fui a rezar a un lugar sagrado, a entregar mi voluntad a Lo Más Grande, Lo que había originado esto, la Causa, el Sismo y la Finalidad. Me pongo a Tus pies, soy tu siervo.

Entonces sobrevino la belleza.

Conocimos el amor. Contemplé como testigo a filas de personas cargando víveres, herramientas, informando sobre  las necesidades de la gente, juntando brigadas de apoyo, yendo a los albergues a limpiar, cocinar o reconfortar de alguna u otra manera a nuestros hermanos.

Gente que se formaba por horas para entrar a una zona cero a cargar, durante otras muchas horas, una carretilla con escombro. Gente que se trasladaba de norte a centro o de sur a centro de la república para dar alimento, consulta gratuita o contar un cuento a niños aburridos y desconsolados en los albergues y pueblos.

Civiles, soldados, marines, bomberos, rescatistas de muchas nacionalidades y perros entrenados trabajaban meticulosamente, con precisión de cirujano, retirando una a una capas de concreto, con la esperanza de que de alguna de ellas emergiera la vida.

Conocimos el amor tal como es. Puro. En ese momento pasaba a segundo término lo particular de la persona debajo del concreto: hombre, mujer, niño, político, delincuente, anciano, inmigrante documentado o indocumentado, ser humano o animal, de raza o mestizo. Los que conocen el amor no distinguen, estamos aquí para la vida.

Esto es el amor. Querer ver con vida lo otro, ver respirar lo otro porque soy yo, porque está vivo, porque si lo otro falta yo estoy incompleto.

Dos semanas después nuestros corazones pudieron descansar cuando encontraron el último cuerpo en Álvaro Obregón 286. Eso es el amor: no descansaré hasta que todos sean vistos.

No queremos regresar a la normalidad, decían las personas. Si esto es el amor, no queremos regresar a ese otro estadio en el que nos separamos, pasamos de largo por la vida del otro, ignoramos su existencia, hacemos distinciones. No queremos regresar a la normalidad de gente encerrada en su cubículo, de niños sentados en pupitres escuchando sermones del profesor, de jóvenes enajenados a pantallas, de departamentos de 35 metros cuadrados que cuestan dos millones de pesos, de tráfico, de transporte atiborrado; prefiero tener el alma en vilo por la vida del otro que regresar a esa miserable normalidad.

Sin embargo, aquello otro también es una cara del amor: la queja por las calles intransitables, por la interrupción del trabajo, por los negocios cerrados y, dos semanas después, la gente volviendo al trabajo, aún entre el polvo y las macetas rotas. Regresar completamente, mirar de nuevo el programa de televisión que había sido suspendido, hablar de los estrenos de las películas, comenzar sus campañas para la presidencia. Eso también es el amor que quiere mantener el sistema como siempre, que se opone al cambio porque implica abandonar la seguridad y dirigirse a la destrucción, porque implica la desaparición de lo que ha permanecido tantos años, aunque no funcione. El amor es querer que todo permanezca, todo.

Queremos creer que los eventos son pruebas de vida, pero quizá simplemente ocurren sin ningún motivo, sin finalidad. No están dirigidos a nadie. La vida solo es eso ocurriendo y el humano es solo un papalote siendo volado por las manos de un niño inquieto.

Quizá la hipótesis no quería probar nada.

Y a la luz de tres semanas de distancia, pero que también parecen como treinta y dos años y como ayer, regresamos a nuestras vidas, con esta nueva rutina y con el conocimiento de que la tierra aún pide algo de nosotros.

 

Dinos, tierra: ¿no es eso lo que quieres, renacer

en nosotros, invisible? ¿No es tu sueño poder ser

invisible alguna vez? -¡La tierra! ¡Invisible!

¿Qué misión impones sino la transformación

absoluta?

Tierra, a quien yo amo, así lo quiero.

Oh, créeme: tu no necesitas ya

tus primaveras para conquistarme.

Una de ellas, ah, solo una,

es demasiado ya para mi sangre.

Indeciblemente me someto a ti; desde lo más remoto

vengo a ti consagrado.

Siempre tuviste razón. Y tu inspiración más sagrada

es la muerte -la muerte amiga.

Mira, yo estoy viviendo…

¿De qué? Ni la infancia ni el porvenir

disminuyen. Una existencia numerosa

brota en mi corazón.

 

Nota: Las frases y versos en cursiva corresponden a Las Elegías de Duino de Rainer María Rilke, en la versión de Juan Rulfo, editorial Sexto Piso. Este poema me acompañó y reconfortó durante los días posteriores al sismo.

De cómo mis gatos me regresaron la felicidad

Seré tus ojos, tus manos y tu amor.
Cuando esto suceda
las cosas que odiaste
se volverán tus ayudantes.
Rumi

Los conocí hace dos años

Dicen que los gatos son los dueños de internet. Es cierto. Me puedo pasar horas viendo videos y fotos de ellos. Me siento feliz. En la casa tengo dos mininos. El año pasado perdí uno a causa de la leucemia, eso lo cuento en Amar a los animales.
Cuando estoy en casa, todo el día se trata de los gatos: me despiertan a las 4 a.m. para servirse de comer, lo primero que hago al levantarme es revisar que esté limpio el arenero y su fuente de agua. También son dueños de mis espacios, se duermen en mis sillas, sobre mis cuadernos, en el teclado de la computadora. Se apropian también de mis quincenas entre la comida y el veterinario.
Sin embargo, esta convivencia entre los gatos y yo empezó apenas hace dos años. La casa a la que había llegado a vivir me parecía demasiado grande para las personas que la habitaríamos; había un jardín que antes habían disfrutado niños y perros. Sabía que faltaba algo en esta casa. Además, necesitaba alguien que me acompañara, que fuera mi compañero «de oficina», porque yo trabajo mucho tiempo en la casa.
Necesitaba un gato. Una amiga puso en Instagram la foto de una camada que había nacido recientemente en su jardín. No lo pensé mucho, fui por uno.

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Del instagram de mi amiga: Catulo y su hermanita

Alergia inesperada

Desde que el pequeño gato de dos meses de edad llegó a mi casa, comenzó el ataque alérgico. Me lloraban los ojos, tenía escurrimiento nasal y, aún peor, se me cerraba la garganta. Parecía que sería imposible que el minino y yo estuviéramos cerca. Pero era un cachorro y estaba acostumbrado a jugar con sus hermanitos (a los que dejamos en el jardín de mi amiga), así que el pequeño la pasaba mal, pues yo solo me dedicaba a bajarlo de escritorio, retirarlo de mis piernas cuando quería dormirse encima y lo mandaba a una habitación aparte. Me sentía terrible al escucharlo maullar por las noches, porque estaba solo en una habitación grande, y oscura.
Definitivamente no permitiría que esta situación durara mucho tiempo. No quería estar separada del gato al que había traído con tanta ilusión. Tomé la recomendación de mi marido que fue hacer una sesión de Terapia Tapping EFT que, de acuerdo con sus investigación, era muy recomendada para las alergias y fobias. La verdad es que no creía y sigo sin creer en esta terapia, pero no sé, de alguna manera se fueron liberando emociones que me hicieron descubrir el origen de mi alergia.

Liberando emociones

La terapia de tapping EFT consiste en hacer presión en ciertos puntos del rostro y del cuerpo con los propios dedos (digitopuntura), mientras repites algunas frases relacionadas con lo que no puedes tomar en ese momento. Les digo, parece una tomada de pelo pero por alguna razón me funcionó. La primera frase fue: «Aunque tengo esta alergia, me amo y me acepto completa y profundamente»; después siguió la frase: «Aunque esta alergia me hace estornudar y llorar, me amo y me acepto completa y profundamente»; después: «Aunque lloro porque no puedo tener este gato, me amo y me acepto completa y profundamente».
Entonces surgió la pregunta: ¿qué representaba el gato en ese momento de mi vida?, ¿qué representaba el gato en mi vida?

La simbología del gato

Cuando nací, mi padre tenía dos gatos que se llamaban Bandida y Nietzsche. Conviví con ellos los primeros meses de mi vida y después mi padre los vendió, los regaló o algo así (espero que hayan tenido un buen destino). Al ver las fotos de cuando me miran con su conocida curiosidad o la foto donde mi papá me sostiene en un brazo y en el otro carga a la gata, pienso que esos eran tiempos felices. Que esa época fue la mejor de mi vida porque estaba con mis padres, porque estábamos juntos. Esos animalitos representaban una felicidad que se esfumó y se transformó un destino completamente diferente. Los gatos representaban la felicidad del paraíso de la infancia.
Entonces llegó la última frase, la que me curó de la alergia: «Aunque no puedo ser feliz otra vez, me amo y me acepto completa y profundamente».
[Ahora mismo que escribo esto me regresa un poco esa sensación de alergia. Siento que hay algo de aquel impedimento que sigue aquí presente.]
Estuve con esta frase largo tiempo. En total, la terapia de Tapping la realicé en una sola sesión que duró dos horas. Terminé muy cansada y llorando. Venían a mí todas esas imágenes de mi vida sin mi padre, sin gatos, lejos de ese hogar que era como el paraíso. Y tenía la dicha justo enfrente de mí, en esa mascota de tres meses de edad que iba a acompañarme en mis días con esta nueva felicidad que estaba disponible para mí.
Me fui a dormir.

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Yo, Bandida y Nietzsche

La felicidad

Poco tiempo después de esta sesión de Tapping completamente casera, me curé de la alergia hacia los gatos. Unos días después dejé de lloriquear, de tener escurrimiento nasales y estornudos. Catulo, pudo ronronear, jugar y descansar cerca de mí. Algunos meses después llegaron dos más a la casa. A la hembrita le puse Bandida.

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Tres gatos

Más que el Tapping, creo que me curó el autodescubrimiento, ese escarbar en lo profundo del alma y del inconsciente hasta llegar al origen de nuestros aparentes obstáculos, de lo que nos permite alcanzar nuestros deseos.
De vez en vez, regreso a esa indagación para liberarme de lo que me atora: ¿a qué le tengo miedo el día de hoy?, ¿qué me detiene para alcanzar mi objetivo?, ¿por qué no puedo ser feliz?
En aquel momento, la respuesta no era una alergia a los gatos. Era yo mi propia alergia, tenía miedo de aceptar la felicidad, a darle una oportunidad porque ya antes había fracasado. Ahora puedo ver a los mininos como la máxima expresión de la felicidad. Disfruto de estos momentos que pasamos juntos como una joya preciada; a través del amor hacia mis gatos imagino cómo era el amor de mi padre y me reconozco amando como él, feliz como fui antes, feliz ahora.

Escribir la autobiografía. Encontrar las raíces

En el texto donde hablé de El derecho a escribir (El camino del artista) comenté que uno de los ejercicios que propone Julia Cameron para despertar la creatividad es la escritura de una línea de vida. Esta actividad es muy útil, no solo para la creatividad sino algo todavía más profundo, para conocer el origen de nuestra creación misma. Con creación me refiero a de dónde venimos, nuestro origen.

En el Diplomado en los Avances de las Constelaciones Familiares, que cursé en el Instituto Luz sobre Luz, respaldado por CUDEC, el trabajo final consiste en entregar la escritura de la “Autobiografía”. Este ejercicio es tan necesario y útil para cualquier persona, que vale la pena compartir en qué consiste. Dependiendo del tipo de familia en que te tocó nacer, será una empresa sencilla o titánica, un camino fluido o lleno de baches (como a mí me tocó) una labor de recopilación o de investigación. De cualquier manera, adentrarse en las raíces del árbol de la vida resulta una experiencia de autoconocimiento y, sobre todo, un camino para sentirse completo y con seguridad en la vida.

Construir la autobiografía

De acuerdo con lo sugerido en el diplomado, supone:

  • Dibujar el árbol familiar. Obviamente en las raíces van los bisabuelos y en las ramas los bisnietos.
  • Escribir lo que fue pasando en tu vida, año con año; desde el año 0 al 1 y así hasta tu edad actual. Anexar una foto de cada año y una descripción de la misma.
  • Recapitular en ciclos de 7 años tu vida. Destacar los principales cambios y dinámicas que se repitan. (Esto es lo más parecido a la sugerencia de Julia Cameron).
  • Describir a cada miembro de tu familia en una cuartilla (sus principales características de personalidad y los hechos más relevantes de su vida). Añadir una fotografía del familiar y una breve descripción de la misma.
  • Identificar el linaje, de acuerdo con del sexo del autor. Si es masculino, será la línea de hijo, papá, abuelo, bisabuelo. Si es femenino: hija, mamá, abuela, bisabuela.
  • Como extra: se pueden escribir “cartas” de agradecimiento a algunos miembros del sistema familiar.

Es importante considerar que los datos y hechos escritos deberán ser reales, es decir, no es un relato de ficción en donde el autor tenga que completar los hechos con alguna invención. Es mejor la sinceridad cuando se desconoce o no se está seguro de los datos. Asimismo, es importante que el escritor omita el juicio hacia los miembros que describe.

Todos están incluidos. Con esto me refiero a que se tiene que escribir sobre la vida y reconocer la presencia de los siguientes miembros de la familia: padres biológicos y sus hermanos, abuelos biológicos y sus hermanos, bisabuelos biológicos. En esta indagación no están incluidos los padres adoptivos o miembros políticos de la familia, pues se trata de reconocer el origen de la propia vida y mirar, quizá por primera vez, a aquellos que habían sido excluidos.

Las revelaciones que surgen a partir de la escritura de la autobiografía tocan dimensiones no vistas por el autor. Por ejemplo, uno puede darse cuenta de que ciertos patrones de vida se repiten en el árbol familiar: profesiones, enfermedades, causas de muerte, dinámicas entre las parejas, costumbres arraigadas. El solo hecho de poner a la luz una dinámica oculta, en sí mismo es una puerta hacia la sanación de hábitos o formas de relacionarse que han perjudicado a nuestra familia, y nosotros mismos, por generaciones.

 

¿Qué tanto investigar?

Seamos conscientes de que en algunas familias las historias de personas o de hechos del pasado están veladas, en ocasiones incluso está prohibido hablar de ciertos temas o se guardan secretos celosamente. El interés de la autobiografía, en este contexto, no es el de un ministerio de la verdad en el que sea necesario enlistar todos los acontecimientos sin omitir detalles; no, la importancia está en no excluir personas, pero se respeta aquella información que no está permitido saber; consideremos que, a veces, la familia decide ocultar información para evitarnos algún daño. Por esta razón tampoco será prudente preguntar más allá de donde quieran respondernos nuestros familiares. Si notamos que alguien no sabe, no se acuerda o simplemente se siente incómodo contando algunos hechos o hablando de ciertas personas, ahí paramos. Esto también se mira y se integra.

Sin embargo, para la búsqueda de los nombres completos, fechas y lugares de nacimiento, nos podemos apoyar de algunas herramientas digitales que nos ayudan a encontrar estos datos y otros eventos importantes como matrimonios, bautismos, cruces de frontera y defunciones. Las dos principales herramientas que recomiendo son Family Search y Ancestry.

Family Search es una base de datos creada por la comunidad de La Iglesia de los Santos de los Últimos Días (mormones). Comienzas creando tu árbol familiar y sus buscadores te permiten encontrar datos de la vida de las personas añadidas. Es completamente gratuito.

Ancestry ofrece un servicio similar, sin embargo, hay que pagar una cuota por acceder a ciertos documentos; no obstante, con el mes de prueba puedes avanzar bastante en la documentación de tu árbol genealógico. Además, puedes actualizar las búsquedas con Family Search y hacer búsquedas cruzadas con este.

Familias novohispanas. Es una base de datos ofrecida por Geneanet y el Seminario de Genealogía Mexicana (Instituto de Investigaciones Históricas- UNAM) en donde puedes encontrar datos de tus ancestros, sobre todo si hay en tu familia inmigrantes de Europa que hayan venido a México en los siglos XVIII y XIX.

Para finalizar

En mi experiencia personal, la investigación y búsqueda de mis raíces me ha dejado muchas satisfacciones. Digamos que sabía un 5% de la información de mis ancestros y ahora estoy en un 80%. Tan solo con algunos datos de acontecimientos he llegado a conocer cercanamente a mujeres y hombres de los que antes no sabía ni su nombre. Aunque ya no estén presentes, las historias de su vida, los lugares donde vivieron, las personas con las que se relacionaron nos conectan. Por primera vez, después de muchos años, sé que pertenezco a un lugar, a una familia. Ahí están mis ancestros, mis hombres y mujeres, mis raíces, la fuerza de donde vengo.

Sociedad igualitaria

Clamamos justicia por las víctimas

Nos unimos en búsqueda

de nuestros desaparecidos

Alzamos pancartas por la justicia

y los derechos

Nos indignamos ante la corrupción

de nuestros políticos

Pero ¿quién va a consolar a los hijos

de aquella asesina

que fue acribillada

por sus enemigos?

Amor profundo

Hace un año, quizá un poco menos, estuve preparando una serie de poemas para mandarlos a un concurso, en realidad a dos. Preparando no quiere decir escribiendo, sino repasando, corrigiendo, tratando de hacer inteligibles aquellas palabras. Los pobres poemas no consiguieron nada en los concursos, pero eso no es lo que quiero contarles.

El caso es que estaba yo con los poemas y justo en esos días adquirí un extraño padecimiento en las encías. Eran como una especie de aftas que nacían en las encías, a la altura de los dientes caninos. Digo “una especie de aftas” porque no eran aftas, era algo peor, eran una cosa horrible y dolorosa. Implicaba un suplicio lavarse los dientes, comer o tomar una rica taza de café caliente; esto era lo que más padecía. Estaba tan ocupada con el trabajo que aplacé la visita al dentista durante dos semanas. Los remedios caseros y el lavado constante con productos del botiquín no aportaban alguna mejora; al contrario, cada día sentía y veía como esas heridas se agrandaban. Tenía miedo de perder mis dientes, de tener alguna infección, de no encontrar una solución a esta enfermedad que terriblemente consumía mis encías.

Mientras los días pasaban, me di cuenta de que este alboroto era, más que de salud, existencial, y que se debía a que estaba poniendo mi atención en algo que realmente me interesaba: la poesía.

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De Trapo

De Trapo viajaba en la maleta de mano de Mariam. Acurrucada entre las ropas de algodón. Despertó después de un sueño que había durado toda la mañana y tarde. Sin embargo, cuando abrió los ojos, aún se encontraba oscuro y se debía, precisamente, a que seguía dentro del velís.

De Trapo sentía un calor húmedo en el ambiente. Ella no sudaba, pero definitivamente el vapor circundaba el espacio y traspasaba sus ropas, sus piernas rellenas de un material sintético cuyo nombre no quería saber.

Más tarde, sintió cómo la maleta se elevaba y comenzaba un leve balanceo cada vez más veloz. Podía predecir que Mariam y Mijaíl finalmente habían llegado a su destino. Lo corroboró cuando escuchó a una voz masculina gritar: Hemos llegado a Laguna del Ostión, Coatzacoalcos. Los pasajeros pueden desembarcar. El barco zarpará mañana a la una de la tarde.

Supo entonces De Trapo que por fin vería la luz de esas tierras extrañas adonde su dueña la llevaba. Otro más de los viajes de Mariam y en los que De Trapo fielmente la acompañaba.

De un momento a otro el calor fue más intenso y los balanceos más frecuentes. De Trapo escuchó como si una cascada estuviera muy cerca. Chorros de agua comenzaban a entrar en el velís; las ropas de Mariam y su propio vestido comenzaban a mojarse. El vértigo se apoderó de la pequeña De Trapo; por primera vez tuvo claustrofobia al no saber qué ocurría allá afuera. Sin mayor aviso, la maleta se abrió para dejar entrar cantidades ingentes de agua por doquier. De Trapo cayó al suelo mientras escuchaba a Mijaíl decir: Allez, allez! Y miró a Mariam empapada recogiendo algunas ropas tiradas en la arena. Solo se detuvo dos segundos y tomó con su mano las prendas mojadas que cupieron en su puño. Otras pertenencias quedaron ocultas por la mezcla de la arena y la tormenta. De Trapo vio alejarse a Mariam y Mijaíl como si huyeran de una catástrofe. Una ola venía. Arrastró a De Trapo aún más lejos de Mariam. Ella ni siquiera volteó. De Trapo sintió como si volviera a caer en un profundo sueño; su vista se nubló, dejó de escuchar y estaba tan llena de agua que incluso no flotaba sobre la ola. Se sumergió poco a poco en un líquido negro, quedó atrapada en una red verde y pegajosa.

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Cárcel de amor

Estamos apegados a la idea de nosotros mismos. Construimos una personalidad con mucho cuidado y atención. ¿Cuánto tiempo del día gastamos en ello? Ante la mínima oportunidad expresamos:

  • Me gusta esto…
  • Yo soy así…
  • No soporto aquello…
  • Solo disfruto hacer estas cosas…

Es como construir una cárcel.

Cada vez que nos definimos, levantamos alrededor de nosotros como una muralla. Incluso tomamos en serio esa personalidad como si no fuera, realmente, solo un artificio del ego para sobrevivir.

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