Amor profundo

Hace un año, quizá un poco menos, estuve preparando una serie de poemas para mandarlos a un concurso, en realidad a dos. Preparando no quiere decir escribiendo, sino repasando, corrigiendo, tratando de hacer inteligibles aquellas palabras. Los pobres poemas no consiguieron nada en los concursos, pero eso no es lo que quiero contarles.

El caso es que estaba yo con los poemas y justo en esos días adquirí un extraño padecimiento en las encías. Eran como una especie de aftas que nacían en las encías, a la altura de los dientes caninos. Digo “una especie de aftas” porque no eran aftas, era algo peor, eran una cosa horrible y dolorosa. Implicaba un suplicio lavarse los dientes, comer o tomar una rica taza de café caliente; esto era lo que más padecía. Estaba tan ocupada con el trabajo que aplacé la visita al dentista durante dos semanas. Los remedios caseros y el lavado constante con productos del botiquín no aportaban alguna mejora; al contrario, cada día sentía y veía como esas heridas se agrandaban. Tenía miedo de perder mis dientes, de tener alguna infección, de no encontrar una solución a esta enfermedad que terriblemente consumía mis encías.

Mientras los días pasaban, me di cuenta de que este alboroto era, más que de salud, existencial, y que se debía a que estaba poniendo mi atención en algo que realmente me interesaba: la poesía.

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De Trapo

De Trapo viajaba en la maleta de mano de Mariam. Acurrucada entre las ropas de algodón. Despertó después de un sueño que había durado toda la mañana y tarde. Sin embargo, cuando abrió los ojos, aún se encontraba oscuro y se debía, precisamente, a que seguía dentro del velís.

De Trapo sentía un calor húmedo en el ambiente. Ella no sudaba, pero definitivamente el vapor circundaba el espacio y traspasaba sus ropas, sus piernas rellenas de un material sintético cuyo nombre no quería saber.

Más tarde, sintió cómo la maleta se elevaba y comenzaba un leve balanceo cada vez más veloz. Podía predecir que Mariam y Mijaíl finalmente habían llegado a su destino. Lo corroboró cuando escuchó a una voz masculina gritar: Hemos llegado a Laguna del Ostión, Coatzacoalcos. Los pasajeros pueden desembarcar. El barco zarpará mañana a la una de la tarde.

Supo entonces De Trapo que por fin vería la luz de esas tierras extrañas adonde su dueña la llevaba. Otro más de los viajes de Mariam y en los que De Trapo fielmente la acompañaba.

De un momento a otro el calor fue más intenso y los balanceos más frecuentes. De Trapo escuchó como si una cascada estuviera muy cerca. Chorros de agua comenzaban a entrar en el velís; las ropas de Mariam y su propio vestido comenzaban a mojarse. El vértigo se apoderó de la pequeña De Trapo; por primera vez tuvo claustrofobia al no saber qué ocurría allá afuera. Sin mayor aviso, la maleta se abrió para dejar entrar cantidades ingentes de agua por doquier. De Trapo cayó al suelo mientras escuchaba a Mijaíl decir: Allez, allez! Y miró a Mariam empapada recogiendo algunas ropas tiradas en la arena. Solo se detuvo dos segundos y tomó con su mano las prendas mojadas que cupieron en su puño. Otras pertenencias quedaron ocultas por la mezcla de la arena y la tormenta. De Trapo vio alejarse a Mariam y Mijaíl como si huyeran de una catástrofe. Una ola venía. Arrastró a De Trapo aún más lejos de Mariam. Ella ni siquiera volteó. De Trapo sintió como si volviera a caer en un profundo sueño; su vista se nubló, dejó de escuchar y estaba tan llena de agua que incluso no flotaba sobre la ola. Se sumergió poco a poco en un líquido negro, quedó atrapada en una red verde y pegajosa.

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Amar a los animales

“Van a sacrificar 236 perros en la perrera del Pilar. Al menos 60 de ellos son cachorros. Si saben de alguien a quien le interese, pasen la voz”.

 

Esto leí hace unos días en una página de Facebook. Inmediatamente me imagino a mí misma con un cachorrito al que me daría tanto gusto amar. Sin embargo, si pienso unos segundos más: todo lo que tendré que hacer y mover para poder tener a ese animalito cómodo y con una vida digna, poco a poco me voy arrepintiendo de ir a buscarlo.

Porque además está el hecho de que ya tengo dos gatos en la casa, que seguramente resentirían el cambio. La casa en sí misma, aunque vivo aquí, no es mía; no sé cuánto tiempo viviré aquí y no sé adónde me mudaré. ¿Qué pasaría después si no puedo brindarles el espacio que necesitan?

¡Pero van a sacrificar a 236 perritos!

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