Amar a los animales

“Van a sacrificar 236 perros en la perrera del Pilar. Al menos 60 de ellos son cachorros. Si saben de alguien a quien le interese, pasen la voz”.

 

Esto leí hace unos días en una página de Facebook. Inmediatamente me imagino a mí misma con un cachorrito al que me daría tanto gusto amar. Sin embargo, si pienso unos segundos más: todo lo que tendré que hacer y mover para poder tener a ese animalito cómodo y con una vida digna, poco a poco me voy arrepintiendo de ir a buscarlo.

Porque además está el hecho de que ya tengo dos gatos en la casa, que seguramente resentirían el cambio. La casa en sí misma, aunque vivo aquí, no es mía; no sé cuánto tiempo viviré aquí y no sé adónde me mudaré. ¿Qué pasaría después si no puedo brindarles el espacio que necesitan?

¡Pero van a sacrificar a 236 perritos!

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¿De qué hablan las mujeres?

Cuando era adolescente tenía algunas amigas con las que disfrutaba pasar el tiempo. Hacíamos todo tipo de cosas que nos parecían divertidas. Esperábamos a los chicos saliendo de la escuela, nos citábamos en casa de alguna para mirar durante horas videos musicales, bailábamos, reíamos; por supuesto, nos contábamos todo sobre el primer amor y el primer desamor. La plática entre amigas podría durar horas y continuar por días.

De repente la dinámica cambió, cada una en su trabajo, comenzando a formar su familia, madurando cada una a su paso. Cuando veo a estas amigas, platicamos también, pero ahora para actualizarnos sobre nuestras vidas. Llama mi atención que, aunque rozamos los 30, los temas de conversación siguen en la misma línea que cuando éramos adolescentes. Contamos nuestra vida como parte de una anécdota escolar o como un lamento juvenil sobre la familia, el trabajo, la pareja y sobre nosotras mismas.

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